Britannia Hospital

Por José Román

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Si se analiza este filme a la luz de las realizaciones anteriores de Lindsay Anderson, es posible deducir que existe una estricta continuidad en las inquietudes expresadas por el realizador inglés en su obra. Aquí está presente el poder, como en If (1968) y Un hombre de suerte (1973), en la forma de una entidad grotesca y demencial que se manifiesta preferentemente mediante la violencia represiva. Están las pomposamente normativas instituciones británicas, apoyadas en rituales que han perdido su contacto con la realidad. Está la rebeldía de los postergados como una explosión anárquica y disolvente. Está, en fin, la visión del hombre como sujeto y objeto, verdugo y víctima, demonio y dios, en un mundo que marcha hacia la destrucción. Un personaje, Mick Travis, interpretado por Malcolm McDowell, que aparecía en los dos filmes citados como una especie de símbolo de la juventud británica, vuelve a surgir aquí transformado en un inquietante monstruo de laboratorio.

En ese humor negro que animaba tanto If como Un hombre de suerte, se vislumbrada una indignación moral que se filtraba, por momentos, de las situaciones jocosas. En Britannia Hospital (1982), esta indignación domina el filme en toda su extensión y el humor resulta frecuentemente desplazado por el horror y el asombro ante la violencia, la maldad y la estupidez humanas.

El filme gira en torno a un tema que no ha sido ajeno a la cinematografía, especialmente en el género fantástico: la soberbia y la deshumanización de la ciencia. Pero esta vez en una sociedad convulsionada, agitada por movimientos reivindicativos y conflictos que contrastan con el congelado ritual de los ceremoniales monárquicos ingleses.

Desde el comienzo, el filme nos introduce en un tono de humor macabro que se irá haciendo progresivamente más feroz: un enfermo recién ingresado al hospital muere ante la indiferencia del personal preocupado del cambio de turno. Mientras tanto, el doctor Millar, una especie de moderno barón Frankenstein, prepara la creación de su propio monstruo, para lo cual no trepida en el crimen. Simultáneamente el hospital, símbolo de la tradición británica, se apresta a recibir la visita de la reina, organizando el complicado formalismo que impone el ceremonial, en medio de la agitación reivindicativa del personal, que ha hecho una huelga oponiéndose al status privilegiado de ciertos pacientes. A estos se suman las manifestaciones callejeras en contra de la presencia de un sanguinario dictador africano en el hospital.

El hospital es concebido como un microcosmos que reproduce las contradicciones de la sociedad británica sin complacencia ni falsas ilusiones. Sí, por una parte, Anderson describe a las autoridades como ridículos fantoches, incompetentes y crueles, no es menos corrosiva su visión de los desposeídos: proclives a la violencia irracional, a la fría burocratización de sus luchas, al soborno del poder.

Esta imagen demencial de la sociedad y sus conflictos, que llega por momentos al “grand guignol” (el monstruo creado por Millar), es conducida por el realizador hacia un discurso final que rompe abruptamente el tono del filme, haciéndolo caer en la ambigüedad. Como siempre en el cine de Anderson, resulta apreciable su dominio de la narración, con su gran cantidad de personajes y acciones alternadas, conducida con un ritmo sostenido, a través de un humor iconoclasta que lo confirma como un auténtico “angry young man”.

 

 
Como citar:
Román, J. (2012). Britannia Hospital, laFuga, 14. [Fecha de consulta: 2017-03-26] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/britannia-hospital/533