Charlie y la fábrica de chocolates

Lo dulce y lo triste

Por Carolina Urrutia N.

Biografía +
Carolina Urrutia es académica e investigadora. Profesor asistente adjunto de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Católica de Chile. Tiene un Magíster en Teoría e Historia del Arte y es candidata a Doctor en Filosofía con mención en Estética de la Universidad de Chile. Es directora de la revista de cine en línea laFuga.cl, autora del libro Un Cine Centrífugo: Ficciones Chilenas 2005 y 2010, y directora de la plataforma web de investigación Ficción y Política en el Cine Chileno (campocontracampo.cl). Ha sido profesora de cursos de historia y teoría del cine en la Universidad de Chile y la Universidad Adolfo Ibáñez y autora de numerosos artículos en diversos libros y revistas.
 
 

Ante la pregunta que surge junto a los orígenes mismos del arte cinematográfico -cine y realidad vs. cine como fábrica de ilusiones- sin duda reunimos a Tim Burton con Méliès; en tanto demiurgo, mago, prestidigitador e ilusionistas. El cine de Burton, como el de pocos, permite un viaje a través de lo imposible, utiliza las herramientas del lenguaje cinematográfico para abrir puertas como si fuesen llaves mágicas.

Con Charlie y la Fábrica de Chocolates, Burton nuevamente nos traslada a un universo fantástico, de ciudades con casas algo chuecas que se equilibran bajo reglas propias. Inventa formas, estéticas bellas y frágiles que sustentan a sus personajes igualmente frágiles. Su cine es de fábulas superficialmente simples que esconden, bajo un orden aparente, sociedades complejas, cerradas y cínicas. En sus relatos la presencia de lo “mágico” es posible dentro de los mundos ficticios pero siempre va a existir una dicotomía entre el mundo real, en el cual habitamos y aquel otro que está cerca pero que se abre pocas veces a sus personajes. Dentro de los arquetipos del universo burtoniano, sólo podemos aspirar a ser individuos buenos y nobles para sobrevivir a los lugares difíciles en que nos toca habitar, lugares donde los defectos crecen como si estuviesen siendo permanentemente observados por lupas que tienden a deformar lo malo y embellecer lo bueno.

En esta última cinta del director de “El gran pez” y “El joven manos de tijeras”, nos encontramos una vez más ante personajes solitarios, incomprendidos, auto marginados por ser y sentirse diferentes. En su soledad, Willy Wonka y Edward Scissor-Hands –interpretados ambos por Johnny Depp- son asediados constantemente por recuerdos, en el caso de Wonka, su memoria le trae a un niño con aparatos en la boca y prohibición de comer chocolates. Sólo cuando consigue comprender ciertos acontecimientos del pasado logra alcanzar cierta paz que le permite liberarse.

Con la posible excepción de “Marcianos al Ataque”, en los filmes de Burton hay una atmósfera que persiste y que incluso a veces sobrevive a finales optimistas, y es la de cierta melancolía, tristeza extraña que se instala durante el metraje, que se inserta en recovecos poco visitados de la memoria y que tiñe las fábulas de personajes raros parecidos a ratos a aquellos que habitaron nuestra propia infancia. Como si Burton buscara constatar la soledad propia del ser humano, la infancia como periplo pedregoso, la anhelante búsqueda de afectos. “Charlie y la Fábrica…” también se sumerge en este clima virado a gris, pero el género -la película a fin de cuentas es para niños, está basada en el libro del mismo nombre de Roald Dahl que ya tuvo hace años una adaptación al cine- la mantiene cerca de la tierra, no como un ancla, sino más bien como un globo de helio o un volantín que vuela siempre cercano al piso. Pero el género infantil no le perdona la melancolía, una sensación permanente de belleza y una dulzura a la que no hay acceso: en medio de la ciudad la fábrica de chocolates se alza como si fuera un misterio. Y cuando logramos entrar, el mundo bizarro, extraño, aunque hermoso, nos deja afuera. Es el mundo del extraño Wonka y de los “umpa lumpas” y sus canciones y bailes, un espacio que permanece tan cerrado en su interior como en su exterior.

Sin embargo, Burton sobrevive a los estigmas propios de las cintas para niños y logra una fábula efectivamente conmovedora y bella, amable, entrañable. La Fábrica de Chocolates de Wonka es, en manos del director, un colador que desecha a todos aquellos seres con cualidades desagradables: la niña ambiciosa, la malcriada, el que no puede parar de comer, todos son apartados y sólo sobrevive el niño de corazón puro. La bondad en “Charlie y la Fábrica de Chocolates” es un valor absoluto, una bondad transparente que no da paso a segundas lecturas ni interpretaciones.

Charlie y la fábrica…” está cargada de ingenuidad, se pone del lado de los buenos y no del lado de los insufribles, en un mundo que finalmente poco tiene que ver con el que habitamos y mucho con el anhelamos.

 

 

Título Original: Charlie and the Chocolate Factory

Director: Tim Burton

País: Estados Unidos

Año:  2005

 

 
Como citar:
Urrutia, C. (2005). Charlie y la fábrica de chocolates , laFuga, 1. [Fecha de consulta: 2017-06-28] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/charlie-y-la-fabrica-de-chocolates/183