El caballero oscuro retorna

A propósito de Batman Begins

Por Rodrigo Culagovski R.

 
 

A propósito del estreno de Batman Begins (Christopher Nolan, 2005), acá va un repaso de los 66 años de este superhéroe en el cómic, televisión y cine.

Frederic Wertham publicó en 1953 La seducción de los inocentes, manifiesto paranoico en contra de los cómics, a los que señalaba como fuente de todo el mal que amenazaba con derrumbar a la sociedad occidental. Una de sus “pruebas” sería que los personajes de DC cómics, Batman y Robin, mantendrían una relación sexual, a tal punto que las piernas expuestas de Robin tendrían como fin inducir a los jovencitos lectores a considerar la homosexualidad como opción. Hubo protestas, padres asustados, quemas de revistas, una investigación del congreso americano, y el “Comics Code”, un ente de autocensura de la industria del comic.

El resultado final de esto fue la infantilización de los cómics en general y del personaje de Batman en particular. El antes detective monomaniático, que no actuaba por un sentido de la justicia ni del american-way, sino por venganza, y que operaba a través del miedo y la amenaza, se transformó en un payaso con malla. Sus archi-enemigos dejaron de ser sádicos y psicópatas, y se transformaron a su vez en payasos temáticos, que cometían crímenes “excéntricos”. Irónicamente son estos Batman y Robin, exagerados y coloridos, los que pasarían a ser fetiches en algunos círculos gay.

Aunque a finales de los ‘50, bajo la dirección de Julius Schwartz, DC Comics regresó muchos de sus títulos a sus orígenes menos simplistas e infantiles, iniciando lo que hoy se conoce como la “Era de plata” de los comics, el Batman que apareció en la serie de televisión homónima entre 1966 y 1968 era una parodia de sí mismo, con disfraces y guiones poco elaborados y un sin fin de bati-cosas a la misma bati-hora y en el mismo bati-canal. La serie, junto a la película Batman (Leslie H. Martinson, 1966), básicamente un episodio extra-largo, extra-camp, de la serie televisiva, arruinarían la reputación de Batman, de los comics en general y de las películas basadas en comics por décadas.

Tuvieron que pasar 23 años para que Tim Burton diera cuerpo a su visión a la vez oscura y desquiciada en su Batman (1989) y Batman Returns (1992), con un protagonista que se equilibra entre tomarse en serio -porque Batman es antes que nada, serio- y la exquisita psicodelia que implica el corretear por Ciudad Gótica con máscara y capa persiguiendo a hombres enfundados en lycra verde. Estás versiones de Batman son quizás dos de las películas de superhéroes más logradas, que por un lado nos muestran un mundo estrambótico y exagerado, pero que es tomado completamente en serio por sus habitantes. Está es quizás la clave del buen comic, o de cualquier arte fantástico: mostrar un mundo increíble, a veces bizarro, pero que es internamente consistente y relevante. El Guasón es sicótico, pero esta psicosis lo hace más aterrador, no risible. El Pingüino de De Vito es patético y asqueroso, y la Gatubela de Pfeiffer comiéndose su canario es una imagen difícil de sacarse de la cabeza.

Desgraciadamente, Burton sólo alcanzaría a hacer dos películas de la serie, antes de dejarle el mando a Joel Schumacher, el que volvería a poner todo en tono de payasada. John Byrne, dibujante y guionista clave de muchas de las series clásicas de Marvel y DC, pregunta “¿Por qué a la gente le avergüenzan los superhéroes? ¿Por qué Hollywood revierte a esta afectación de los años 60 tan seguido cuando se les presentan comics de superhéroes que adaptar?” El mismo Byrne nos recuerda que Schumacher, cuando le preguntaron porqué tomaba tan poco en serio los personajes e historias, respondió “Bueno, se llaman libros cómicos (comic books), después de todo”.

Hollywood tiene una relación ambigua con los comics: por un lado tiene personajes, historias y diseños pre-elaborados, además de legiones de admiradores que van a ir a ver la película por malas críticas que reciba. Por otro lado, parece tener una necesidad de hacer “adaptaciones”, de hacer que el material sea más “accesible”, es decir desechar décadas de historias, de lectores leales, de personajes complejos y variables, a favor de algo que se ajuste más a su idea preconcebida de lo que el público masivo piensa que es un cómic, y los personajes son reducidos a caricaturas de si mismos. Por cada X-Men o Spider-Man, tenemos que tragarnos varios Daredevil, League of Extraordinary Gentlemen, y otras que no vale la pena ni siquiera mencionar.

Batman es un personaje singular dentro de la historia de los comics clásicos. Surgido en 1939 como intento de explotar el surgimiento de popularidad de los superhéroes impulsado por el éxito de Superman, el murciélago es de alguna manera el opuesto dialéctico del hijo favorito de Kriptón. Batman no tiene poderes, no es invulnerable, no da la cara, no se para derecho ni sonríe a los periodistas. Batman no representa el ideal de la sociedad americana, sino su lado oscuro, podrido. Policías corruptos, empresarios maquiavélicos y psicópatas coloridos pero a la vez humanos son sus presas favoritas, a diferencia de los enemigos pandimensionales o transtemporales de Superman. Mientras Kal-El anda persiguiendo a los pájaros del cielo, Bruce se dedica a levantar piedras para observar los gusanos pegados a su lado inferior. Hasta las ciudades que cada uno habita y protege reflejan la diferencia de sus demiurgos: la Metrópolis de Clark Kent, moderna, pulida y resplandeciente, contra la Gotham de Bruce Wayne, sucia, llena de recovecos y cloacas. El simbolismo no soporta mayor explicación.

La falta de poderes de Batman es quizás su elemento definidor. No es superhéroe por un accidente de nacimiento, ni porque le cayó encima ninguna sustancia ni lo picó ningún arácnido. Es superhéroe porque a los ocho años observó el asesinato de sus padres y aún no se saca la imagen de la cabeza. Dedica su vida a entrenar su cuerpo y su mente, no en vano uno de sus epítetos es “el mejor detective del mundo”. Impulsado por su obsesión de venganza, busca ganarle a cada uno de los criminales con los que se enfrenta. Lo suyo es justicia, pero también es deporte, es cacería.

Esta obsesión es entonces su superpoder: su concentración y foco en un solo tema que lo lleva a transformarse en un acróbata de clase mundial, un estratega sin par y en un experto criminalista. Es lo que lo lleva a ser el cerebro de la Liga de la Justicia, dando ordenes y salvando la vida a seres muchísimo mas poderosos que él. Batman es en el fondo un atisbo de humanismo en un universo metahumano (expresión con la que se refieren a los súper poderosos en el mundo DC), es la reivindicación del poder de la mente y la convicción humana. Es, de hecho, mucho más una expresión del sueño americano que el propio Superman, el que en el fondo viene a ser un especie de aristócrata exiliado.

Si Kent es un Übermensch (el “Superhombre” de Nietzsche), alguien que vive con su propio código ético y moral, alejado de las preocupaciones del resto de los mortales, Wayne es un hombre, desquiciado y mórbido, pero un humano como los demás. El disfraz de Superman cuando se cansa de ser superhéroe es el de un hombre común, de un empleado. El disfraz de Batman es de un millonario, un playboy, alguien que vive en un plano superior al los hombres normales. Ambas son mentiras, son máscaras, la identidad opuesta a la que intentan esconder.

En su magistral Batman: Arkham Asylum (1997, DC Comics), Grant Morrison obliga al murciélago a pasar unos días en el manicomio donde están encerrados sus más reincidentes y desquiciados enemigos. Lo hace ver el mundo desde sus diferentes psicosis, le pone un retrato deforme y exagerado de la mente de sus contrincantes para después revelar que no era una pintura sino un espejo, y que finalmente el estado mental de Batman es mucho más cercano de los que encierra que de los que protege.

Batman es quizás, junto con Punisher de Marvel, uno de los superhéroes que pone en mayor relieve el fascismo base del género de comics de superhéroes, el maquiavelismo implícito en intentar resolver los males de la sociedad a través de la aplicación selectiva y extra-legal del miedo y la violencia. Este delicado límite entre el bien y el mal es lo que hace que el detective encapuchado sea un personaje moralmente ambiguo, a la vez héroe y anti-héroe, paladín de la justicia y maníaco obsesivo. Enfrentados a esto, los encargados de llevar Batman al cine y televisión oscilan entre la gravedad y la burla, entre la psicología y la parodia y, finalmente, la luz y la oscuridad.

 

 
Como citar:
Culagovski, R. (2005). El caballero oscuro retorna , laFuga, 1. [Fecha de consulta: 2017-03-24] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/el-caballero-oscuro-retorna/90