El color del dinero

Por José Román

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Al final de El audaz (The Hustler, 1961), esa película casi legendaria de Robert Rossen, dejábamos a Eddie Felson vencido por Minnesota Fats después de esa interminable noche de pool, al cabo de la cual Eddie escogía la derrota como una opción existencial. Scorsese reencuentra a Eddie, encarnado otra vez por Paul Newman, veinticinco años más tarde, transformado en un propietario de bar. Eddie se ha hecho duro, acomodado y ahora trampea con las marcas del whiskey. Hasta que se ve a sí mismo, proyectado en un hombre veinticinco años más joven. El muchacho es un portento con el taco de billar e ignora las potencialidades lucrativas de su habilidad. Para Eddie se representa la segunda oportunidad que él no tuvo y decide apadrinarlo.

La historia pareciera encerrarse en el tema de la iniciación-aprendizaje, triunfo-derrota. Algo de eso, sin duda, hay en el filme, pero Scorsese se apresura en transgredir ciertos mitos cultivados esmeradamente por el cine norteamericano.

Cuando Eddie enseña al muchacho las malas artes del apostador fullero para esquilmar incautos en tramposos desafíos, no es por el terreno de la moralina por donde el realizador conduce su relato. Él nos describe un mundo con sus propios códigos, premios y sanciones sin opinar sobre la ética del jugador. Lo que el realizador privilegia es la destreza, el profesionalismo, el desafío como una dimensión existencial. No tardamos en descubrir que tanto para Eddie como para el joven, el dinero es sólo un pretexto, que lo importante es el juego y lo que se mide en él. No se trata tampoco de poner en primer plano la clásica dicotomía ganador-perdedor ni de la exaltación del “fair play”, que tanto entusiasma al cine norteamericano. Eddie se siente derrotado no cuando pierde, sino cuando es engañado por un timador de menor cuantía y su derrumbe es casi total cuando descubre que su discípulo se ha dejado ganar por él.

Lo que Scorsese destaca es que incluso en ese mundo de engaños existe la dignidad del juego, del “agón” griego, manifestada en la forma de una destreza que es autoafirmación vital. Donde la película de Scorsese rinde su mayor tributo al clásico de Rossen es en la precisa adecuación de un estilo al material temático tratado. La tensión del juego, el virtuosismo de los jugadores, son correlativos con la tensión de una puesta en escena que destaca con especial brillo los mecanismos del juego. La cámara que danza en torno de los actores, el corte preciso, el repentino zoom back, hacen fluir con asombrosa naturalidad el tempo del juego y sus alternativas.

Como de algún modo lo intentara en New York, New York (1977) al tratar de recuperar ciertos tópicos del cine de antaño, Scorsese rescata aquí a un personaje que representó a toda una generación y que en el cine era invariablemente encarnado por Paul Newman: el perdedor con rasgos de maldito y una lucidez pesimista y desencantada. Como lo corrobora el plano final del filme, con igual desencanto y probablemente mayor lucidez, Eddie Felson ha vuelto.

 

 
Como citar:
Román, J. (2012). El color del dinero, laFuga, 14. [Fecha de consulta: 2017-12-14] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/el-color-del-dinero/536