Hogar, dulce hogar

Movimiento a la deriva

Por Carolina Urrutia N.

Biografía +
Carolina Urrutia es académica e investigadora. Profesor asistente adjunto de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Católica de Chile. Tiene un Magíster en Teoría e Historia del Arte y es candidata a Doctor en Filosofía con mención en Estética de la Universidad de Chile. Es directora de la revista de cine en línea laFuga.cl, autora del libro Un Cine Centrífugo: Ficciones Chilenas 2005 y 2010, y directora de la plataforma web de investigación Ficción y Política en el Cine Chileno (campocontracampo.cl). Ha sido profesora de cursos de historia y teoría del cine en la Universidad de Chile y la Universidad Adolfo Ibáñez y autora de numerosos artículos en diversos libros y revistas.
 
 

Con cinco años de retraso llega a nuestras salas la cinta Hogar, dulce hogar, la primera película que se estrena en Chile de Otar Iosseliani, un director georgiano que vive hace años en Francia y que cuenta con una filmografía de más de 16 títulos. El filme se construye en base a un movimiento constante, un vaivén rítmico dentro del encuadre, en donde coexisten diversos y heterogéneos personajes, animales y objetos.

El movimiento es presente” dice Gilles Deleuze (1983), y esas palabras descontextualizadas de su significado original y expuestas acá, describen perfectamente esta película: un tiempo presente expandido, en donde las historias ocurren paralelas en existencias cuyos registros acá se plantean ricos y generosos. Los relatos se hacen evidentes y visibles para el espectador a través de cruces entre los personajes, que se observan y están concientes los unos de los otros aunque a veces no interactúen. Los acontecimientos ocurren con pequeños lapsos de diferencia, hay desencuentros donde esperamos encuentros y uniones que nos resultan sorpresivas.

De alguna manera en su factura y en su contenido esta cinta nos refiere al cine del francés Jacques Tati(“Mi tío”, 1958; “Las vacaciones del Sr. Hulot”, 1953) y su cine algo absurdo, social, moderno y burgués. En “Hogar…” la vida de una familia acomodada, de costumbres excéntricas, es el centro de la narración. El hijo -interpretado por Nico Tarielashvili- cada mañana se levanta de su cama y sale de la pequeña mansión familiar, toma su lancha y parte a la ciudad para lavar platos y limpiar vidrios (labores en las que falla) y juntarse con los clochards y los vagabundos. Él funciona como puente en el registro de los diversos acontecimiento que forman parte del relato: los negocios de la madre, sus fiestas; la mesera del bar y el tipo de la moto; el padre, los trenes eléctricos, el alcohol y la empleada; los amigos vagabundos, los pequeños robos y las técnicas de subsistencia, etc. Esta acompasada cadena de sucesos, coordinados como una sinfonía, podría durar para siempre o podría terminar en cualquier momento.

Se puede decir que en “Hogar, dulce Hogar” Iosseliani propone pequeñas reflexiones en relación a la vida en la urbe, a la familia en cuanto institución, a la incomunicación, a las clases sociales. Todo esto sin profundizar demasiado, mostrando lo justo en una dialéctica constante; del objeto (el tren verdadero versus el tren eléctrico que se mantiene girando en su pequeño riel de juguete), del absurdo comportamiento del hombre ante los ojos del animal(los perros observan mientras el padre bebe y dispara con un rifle hacia las botellas que un esquelético mayordomo lanza al aire), de las clases sociales (la relación vertical entre los dueños de casa y sus sirvientes / la relación entre los sirvientes y los niños / la amistad que surge entre el dueño de casa y un vagabundo).

El rol del padre interpretado por el propio Iosseliani, a pesar de ser un viejo borracho que no sabe muy bien que hacer con su tiempo, es el más humano y coherente de la película, el resto de los personajes conforman un conjunto cerrado de individuos egocéntricos y cínicos, incluyendo al propio protagonista y sus afanes de apertura social.

Hogar, dulce hogar” es más que nada una cinta visual, los contenidos se plantean mediante una estética de relaciones y coexistencias, los diálogos tienen una importancia mínima dentro de la narración, pues las imágenes hablan por sí mismas. La ciudad enorme y moderna como continente de una red de relaciones complejas, de problemáticas individuales que al sumarse van conformando una sociedad en donde sus miembros son pequeñas islas que se unen y se separan, con una fluidez y ritmo naturales: el hombre en su entorno, el rito de la cotidianeidad, la urbe y sus ciclos diarios. En el fondo de esta gran combinación de existencias diversas se instala una tristeza enorme, una sensación profunda de soledad y alienamiento. Personajes sumergidos en una constante e irracional búsqueda, un desplazamiento permanente hacia aquello –cualquier cosa- que no sea el entorno inmediato en el que habitan.

Título original: Adieu, plancher des vaches!

Autor: Otar Iosseliani

País: Francia, Suiza, Italia  .

Año:  1999

 

 
Como citar:
Urrutia, C. (2005). Hogar, dulce hogar, laFuga, 1. [Fecha de consulta: 2017-04-30] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/hogar-dulce-hogar/202