La hora de hablar

Por Cristián Leighton

 
 

Confieso que la lengua escrita no es el soporte de lenguaje que me queda más cómodo para expresar ideas, más todavía a la hora de traducir ciertas percepciones ante la realidad que experimentamos. No es casual que uno opte por un lenguaje y no por otro. Por lo mismo, me siento mucho más tranquilo en el devenir de imágenes y sonidos concretos. Sin embargo, esta vez haré el intento de traducir algunas percepciones a la lengua escrita ya que siempre he considerado que el riesgo es la acción más válida del ejercicio de la creación artística y la reflexión humana. Este desafío es aún más osado cuando debo referirme a un tema tan complejo e insospechado en nuestras latitudes como la globalización y sus vínculos con la creación cultural.

Lo cierto es que, para economistas, analistas financieros, e incluso sociólogos, la reflexión sobre la globalización comenzó hace mucho rato; por lo cual la proliferación de visiones, apuestas y posturas son el pan de cada día e incluso llegan hasta la saturación. Desde el ámbito cultural nuestro, hemos vivido un vacío en la discusión sobre las relaciones que vamos estableciendo en un mundo plagado de conexiones y redes, capaces de llevarnos incluso a la deriva en el horizonte de nuestros objetivos como sociedad. La verdad es que el componente de exacerbación vinculante que implica la globalización no me inquieta. Más bien me atrae poder explayarme sobre un tema más de fondo a mi juicio, y quizás preexistente al hecho: este es, la inserción o presencia de nuestro discurso artístico en un contexto mayor a nuestra “aldea”. Hablo evidentemente desde mi experiencia en el ámbito de la producción de obras audiovisuales y evito hacer cualquier proyección en otras áreas de creación artística -aunque presumo coincidencias en ciertos aspectos. Pues bien, mi visión es que esta inserción del discurso artístico de nuestro cine (ficción y documental) no es sólo escasa en términos de recurrencia cuantitativa en circuitos internacionales (sean festivales, muestras y/o distribución comercial) sino además, se ha ido profundizando una fragilidad en el espesor cultural y valor artístico de nuestras propuestas creadoras que nos relegan a un segundo plano en relación a otras cinematografías tercermundistas.

Sin duda que hay explicaciones tentativas a las cuales más de alguna vez hemos echado mano los mismos autores, y que tienen relación con los prejuicios, o incluso, con lo que esperan los otros de nuestras propuestas. Esto supone, por ejemplo, que aprueban y disfrutan de antemano los temas ligados a nuestro día negro (11/9/73). Por lo demás es un hecho traumático en la memoria de las democracias occidentales y que aún el resto de la humanidad no logra comprender. Muchas veces he oído de nosotros mismos -los cineastas- la idea de que esa demanda nos determina, y que al mismo tiempo hacerse cargo de ella nos asegura una voz y un relato artístico “preaprobado” más allá de nuestras fronteras. A mi entender, esta supuesta condición presente en el contexto no invalida para nada la calidad de muchas obras vinculadas al supratema y el reconocimiento a dichas obras durante los últimos treinta años, más aun, dos obras recientes como Salvador Allende (Patricio Guzmán, 2004) (cine de la realidad) y Machuca (Andrés Wood, 2004) (cine de ficción) ya empiezan a cosechar el reconocimiento y el aprecio externo. Por lo mismo no hay que confundirse: este reconocimiento va mucho más allá del tema y de la predisposición ajena. A mi juicio confirman el hecho de que iguales o más relevantes que la temática de valor ético/histórico en una obra, son aquellos elementos que transparentan y sustentan la temática. Me parece que estos paradigmas son esencialmente dos: la mirada de autor, y la crítica cultural hacia nuestra sociedad. El primer aspecto supone la preeminencia de la subjetividad en el discurso artístico ante los contenidos y temáticas escogidos por el autor. Es el mismo autor quien debe asumir esta subjetividad y reconocerse en ella. Luego, la obra cargada de esta subjetividad es la que hará frente al mundo y a los otros. El segundo elemento dice relación con la presencia de una visión crítica frente a la cultura. Esta disposición significa comprender que el mundo en que vivimos requiere de miradas atentas, sensibles y creadoras que permitan echar luces (y sombras también) sobre nuestra existencia individual y colectiva. Pues bien, son estos dos elementos los que mi juicio, están ausentes en la mayor parte de las obras audiovisuales que elaboramos los autores nacionales.

Por estos días la mirada de autor es sometida sin contrapeso por la pequeña (pero homogénea) industria audiovisual local. Esta perpetúa el estigma del desprecio a cargo de muchos agentes involucrados en la cadena de producción de obras, y que actúan manifiesta o larvadamente para desarticular las propuestas con sentido de autor. Este desprecio se combina con una ceguera económica además, pues no se comprende que el principal capital de un supuesto buen negocio está en el valor agregado del trabajo humano y creativo. En este contexto muchos de nosotros hemos mostrado un evidente complejo de inferioridad ante los slogans del mercadeo, provenientes incluso de nuestra artesanal industria cultural. En el mismo sentido las propuestas creadoras parecen sucumbir en el camino ya que el tramado “bolichero” transforma las obras en meros productos válidos exclusivamente por la demanda masiva del mercado. La mirada creadora sucumbe al flirteo corporal del marketing y termina por desaparecer subsumida en la ceguera: como una gallina ciega el autor es conducido al criadero para que ponga simplemente los huevos. Con ello el autor finalmente cae en la trampa que no adivinó y queda encarcelado en la objetividad ilusoriamente sólida en lo artístico y excepcionalmente rentable en términos económicos.

La carencia de una visión crítica, es en parte, efecto del punto anterior, pero se potencia por una postura no sólo alienante, sino sobre todo elusiva y desviada: negadora de las fisuras del dolor individual y colectivo. Los frescos audiovisuales sobre el “chileno medio”, la sexualidad desbocada, o la marginalidad juvenil, no hacen sino rigidizar nuestras experiencias reales e imaginarias en vida. La caricatura de la televisión nacional se adhirió al cine chileno con una fuerza incontenible y corrosiva capaz de distorsionar cualquier acercamiento a nosotros mismos. Narrando como narramos hemos caído al mismo tiempo en la mudez y el grito. Nos hemos quedado sin discurso ante nuestra propia modernidad que se dibuja minuto a minuto ante nuestros ojos pero que no podemos retratar ni desde la aventura de la razón, ni desde la precisión de nuestras emociones. No es casual, que el alabado cine iraní, el nuevo cine asiático, e incluso el incipiente cine africano se abran camino en las redes globales. Se trata en definitiva de relatos que hablan con sutileza y poesía desde las vísceras de nuestro tiempo actual: que modulan, por ejemplo, el impacto del modelo de mercado, o los efectos de los fundamentalismos económicos y religiosos.

Es en este contexto que los autores nacionales nos hemos ido relegando a un lugar distante del pulmón por donde respiran los conflictos de un mundo donde el dolor no cesa y estremece. No tengo dudas de que a nosotros este dolor nos sacude y nos impacta como creadores. Por ello se hace imprescindible mirarnos al espejo sin miedo, por más implacable que sea el reflejo. Creo que es hora de hacerlo, pues los otros… somos nosotros.

 

 
Como citar:
Leighton, C. (2008). La hora de hablar , laFuga, 7. [Fecha de consulta: 2017-04-26] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/la-hora-de-hablar/300