Las niñas

Tell Me a Lie

Por Alicia Scherson

Director: Rodrigo Marin Año: 2008 País: Chile

 
 

La primera vez que fui a ver Las niñas pensé que me encontraría frente a otra película honesta e irreflexiva donde la espontaneidad de la cámara y la actuación se convierte en una virtud absoluta y primordial que sirve para revelar otra virtud mayor, misteriosamente indiscutida en el arte nacional: la “falta de pretensión”. Gracias a mis prejuicios me senté en la sala muy relajada porque anticipaba que ese esfuerzo de honestidad sin límites iba a traducirse en una película medianamente disfrutable, como el apio o el puré o como unas cosquillitas simpáticas (si no pretende, probablemente no consiga…).

Por suerte me equivoqué por completo y Las Niñas se reveló como una película diferente y perturbadora, alejada por completo de lo que algunos celebran como cine honesto. Por el contrario, escondiéndose tras algunas convenciones formales que relacionamos con ese concepto nefasto, es que esta película logra sorprender, construyendo silenciosamente una hermosa apología de la mentira.

La cámara se mueve libre y honesta, cierto. Las actrices se equivocan, improvisan, el guión no revela una estructura premeditada, todo nos prepara para ver una vez más un supuesto trozo de “vida normal” libre de los artificios del cine capitalista. Pareciera entonces que lo importante está en la observación semi-documental, en la sutileza, en el retrato coloquial del comportamiento adolescente del barrio alto, en el placer del reconocimiento de la leche chocolatada, de la siesta compartida, de la espera mientras la amiga se ducha. Cuando comenzamos a entregarnos al disfrute de lo familiar, comienzan a latir un par de elementos disonantes que van provocando pequeños temblores, amenazando con interrumpir el flujo del placer facilista, perturbando la convención de este supuesto naturalismo. Dos elementos concretos que vienen desde las profundidades del cine de ficción, llenos de artificio, a desestabilizarlo todo, dentro y fuera del cuadro: El cáncer y la peluca.

Existe un deseo, una pretensión en el mejor sentido y sin duda un riesgo en la inclusión del cáncer y la peluca en Las Niñas. El deseo es que esto fuese cine, necesariamente consciente de su artificio, cuya única honestidad posible es hacer uso de ese artificio de manera clara y no culposa. La pretensión es usar este artificio para conseguir una obra mayor, que no sólo agrade sino que complique un poco, que abra y no clausure, que nos vuelva a la memoria de tiempo en tiempo. El riesgo es echarlo todo a perder, todo lo que Marín puede hábilmente conseguir: ligereza, sutileza, cercanía, intimidad, todo pudo ser aniquilado por un artificio mal usado. Porque sí: hacer cine así es más difícil y Marín sale muy bien parado del desafío.

El cáncer como amenaza es un elemento que transforma al tiempo en personaje. El tiempo no pasa simplemente entre las sábanas de la flojera matinal de Las Niñas. El tiempo duele, grita que se está acabando, se arrastra malherido. Por eso es Cleo de 5 a 7, porque las dos horas de Cleo creyendo que tiene cáncer son Cleo. Las horas pasan a tener tal importancia en la vida de Cleo que Cleo se transforma en Cleo de 5 a 7. Así como en la película de Varda, aquí también la violencia del cáncer está aumentada porque es cáncer joven, en un cuerpo que no se lo ha ganado, un cuerpo cuya cara no es una cara de cáncer pero que envejece instantáneamente con su sola mención y adquiere una sabiduría que no se merece. Este cáncer convierte a toda la cotidianidad en reflexión sobre ella misma, la frivolidad de Las Niñas ya no es un retrato social inofensivo sino una frivolidad que puede ser la última, cada acto ligero se vuelve pesado porque está cargado con todas sus consecuencias finales.

La peluca de Sofía se anticipa lúcidamente en los créditos iniciales. Lo que pudiese ser un recurso decorativo extranarrativo, se revela más adelante como una pieza fundamental del juego. Cuando en el bloque de entrevistas – quizás como gesto el menos logrado pero aún así fundamental para la obra completa – una mujer recuerda la peluca de Sofía, recordamos con ella: ¡es cierto! la hemos visto disfrazada en el pasado, en nuestro pequeño pasado con ella, bailando en un tiempo pre-película, es verdad, cómo no habíamos reparado en eso. Quizás nosotros también empecemos entonces a desconfiar, a pensar en Sofía como una diva del cine, atractiva, vanidosa y manipuladora, a darnos cuenta de su otra enfermedad, a temer por la suerte de la pobre Antonia y a dudar de esa relación demasiado cercana, intuyendo que esto no se trata en lo absoluto de la honestidad.

El cáncer y la peluca de Sofía se mezclan de manera brillante con la intimidad microscópica de la película. Una vez que vamos descubriendo el juego podemos ver a Las Niñas jugando a lo mismo que nosotros, balanceándose peligrosamente entre la familiaridad absoluta y la mentira total, revelando desde esa intimidad la inevitable distancia que las separa, la constatación de que el otro es siempre infinitamente otro. Eso lo saben ellas y lo sabemos nosotros, pero aún así nos gusta estar cerca, compartir la cama, leernos poemas, creer sabernos los secretos, hacernos cariño. Y si nos gusta es porque el disfrute de esa cercanía es absolutamente real. Porque, como en los buenos matrimonios, en las buenas amistades lo que realmente nos une es el pacto de desconfianza mutua en el que podemos siempre confiar, por eso en Las Niñas al final no hay decepción, no hay separación, porque se encuentran juntas en esa complicidad, en el saber compartido de que el disfraz existe y la verdad no. Es eso también lo que nos dice Marín y al final de la película podemos ser sus cómplices y confiar ciegamente en toda la honestidad y la mentira del buen cine.

 

 
Como citar:
Scherson, A. (2009). Las niñas, laFuga, 9. [Fecha de consulta: 2017-08-19] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/las-ninas/276