Los testigos

Téchiné y las estaciones

Por Eduardo Nabal Aragón

 
 

Los testigos es la última apuesta de uno de los grandes autores del cine francés contemporáneo. El otrora epígono de la nouvelle vague , recuperado para el público y la crítica gracias al éxito internacional filmes como Los juncos salvajes, Ma saison preferée o Les voleurs, se atreve con un tema difícil: el surgimiento de la pandemia del SIDA en la Francia de los primeros años ochenta.

Dividida en tres episodios y estaciones del año: Verano (Inocencia), Invierno (Guerra) Verano (Regreso de la Paz), Les témoins está caracterizada por el pulso narrativo de Téchiné, el uso del movimiento y la humanidad de la que dota a sus siempre desconcertantes, desconcertados y contradictorios personajes.

Emmanuel Beart, Michel Blanc nombres consolidados del cine francés del momento y nuevas caras se dan cita en una historia coral en tres actos en la que los protagonistas se enfrentan a varias pérdidas: la de Manu (Johan Libéreau) un joven gay -caído por la enfermedad- y la de su propia inocencia. Ya no pueden limitarse a ser espectadores, el drama íntimo se convierte en una explosión de rabia colectiva. De nuevo el racismo, el mestizaje cultural, la juventud, la sexualidad como fuerza coral y la naturaleza se dan cita en Los témoins como ya lo hicieron en Alice et Martin o incluso en la menos lograda Otros tiempos.

Téchiné conserva su juventud y soltura narrativa y sus constantes visuales: los cuerpos, el agua, la tensión de los espacios, el dolor de la pérdida, el descubrimiento del otro y la música (Phillipe Sarde) como un eterno contrapunto del silencio. El propio realizador ha señalado no existen “el bien” o “el mal” absolutos en su historia pero era necesario incluir la presencia de dos fuerzas ominosas que se han impuesto recientemente en nuestras sociedades ante realidades como el SIDA, el paro o la inmigración: “la medicina” y “los dispositivos policiales”. Así, el tono luminoso y el hedonismo de su primera parte contrastan con la invasión de la crispación, el silencio o la violencia hasta un final luminoso donde el director nos deja, de nuevo, un rayo de esperanza. “ Les temoins” es la prueba de la vitalidad de un realizador que se ha adentrado en las constantes más difíciles del cine y la sociedad francesa en la que vivimos antes de nombres tan importantes como Patrice Chereau y François Ozon.

Un filme inabarcable, discutible, pero lleno de intensidad, donde es difícil no sentir el dolor y el desgarro, la herida y la cura, al tiempo que nos encandila la desarmante humanidad de la que el autor de “Mi estación preferida” dota a sus criaturas. De nuevo los personajes hablan de sí mismos y de sus circunstancias en un universo donde todavía es difícil mostrarse con autenticidad y donde las barreras sociales, sexuales y raciales siguen vigentes. Los testigos es un filme a la vez terrible y luminoso, sensual y sangrante, vital y dolorido, una invitación a la reflexión íntima desde unas vidas que no nunca detienen. Como esa novela inacabada que escribe Sarah (Emmanuel Beart) intentando dar sentido a las vidas de unos seres que no pueden explicarse a sí mismos.

 

 
Como citar:
Nabal, E. (2008). Los testigos, laFuga, 6. [Fecha de consulta: 2017-03-28] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/los-testigos/121