Margin Call

El precio de la codicia

Por Carlos Novoa Cabello

Observaciones +

Magíster en filosofía, ciencias cinematográficas y ciencias de la educación (Freie Universität Berlin / Universidad Libre de Berlín, Alemania). Profesor de filosofía (Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, Santiago de Chile)

Director: J. C. Chandor Año: 2011 País: Estados Unidos

 
 

¿En qué sentido puede ser interesante ver una película de ficción? ¿Se puede calificar un típico producto de la industria de la entretención mediante el mismo adjetivo con el que se califica uno típico de la industria intelectual? ¿Se puede conjugar el uno y el otro o, por el contrario, se excluyen mutuamente? ¿Resisten, en definitiva, las operaciones de cálculo de la emoción, esto es, todas las palancas e ingenios con los que gran parte del cine hecho en Hollywood captura la atención del espectador -sumergiéndolo así en un placentero letargo provisional-, el peso narrativo de un cine crítico y analítico?

Referirse a un ejemplo de la filmografía actual puede servir para aproximarse, aunque sea mínimamente, a esta cuestión. El tema de dicho ejemplo no es menor: la última crisis financiera. Sus protagonistas son un grupo de inversionistas profesionales y la figura elegida aquí para mostrarlos es la de ciertos agentes financieros: aquellos profesionales de la especulación y de las matemáticas avanzadas que se encargan de multiplicar el patrimonio de otros, multiplicando exponencialmente en este mismo acto el suyo. Margin Call (CHANDOR, J. 2011, EE.UU), película a la que nos referimos, es un intento por mostrar, pues, una especie de fermento, de proceso de incubación que, en el caso particular de esta cinta, se va consumando bajo la forma de un fraude concertado. Su trama, esto es, el hilo visible de sus acciones, es de corte similar al del cine negro, de un suspenso frío y marcadamente psicológico.

El relato comienza con un despido en serie. Uno de los despedidos deja, movido quizás por un extraño tipo de generosidad, el bosquejo matemático de una futura catástrofe financiera, un tipo de información que resulta estratégicamente vital -o mortal, dependiendo de cómo se quiera interpretar- para la empresa y para el sistema financiero en general. Un empleado, uno de los “sobrevivientes“ a este despido masivo, descifra la magnitud del problema que yace tras dicha información y lo comunica a sus superiores. Se inicia así una caza y un intento por evitar lo inevitable.

En este contexto de urgencia y de angustia, entonces, asistimos a la escenificación cinematográfica de un tipo de capitalismo bestial -muy acorde, por lo demás, con la idea de él que circula en el imaginario colectivo contemporáneo-, al tiempo que vemos a su “fauna” actuar en su elemento más propio: discutiendo, evaluando ventajas y desventajas, ganancias y pérdidas; todo esto, no obstante, desde un punto de vista estrictamente monetario, esto es, sin reparar en posibles daños a terceros.

Sin embargo, - y en esto Chandor y su equipo se esmeran por transmitirlo narrativa y dramáticamente a través de un logrado balance entre ,por un lado, la puesta en escena cinematográfica de un guión semi teatral en el que palabras, tonos y gestos juegan un papel central y, por otro, una dirección de actores que consigue combinar las distintas “tonalidades“ de la paleta del elenco que interviene en la cinta: Irons, Spacey, Moore y Tucci por un lado, Bettany, Quinto, Bagdley y Baker, por otro- no sólo es la empresa la que está en peligro, sino la máquina misma y, con ella, la clave de la multiplicación, la fórmula del fermento. Es entonces cuando, en este escenario de riesgo vital, las bestias se transforman en hombres que dudan y que, a ratos, asoman su rostro a una ventana, enseñando con este gesto la irreductible singularidad de una mirada perdida, extraviada y, por lo mismo, inescrutable y pensativa. Es entonces, en estos escasos momentos de extrañamiento y de errar, cuando percibimos algo así como un reposo y un distanciamiento de dicha máquina 1Misma máquina que, por cierto, montaron a fines de los noventa los hermanos Wachowsky en forma de una Matrix todopoderosa y fantásticamente evocadora: una máquina analógica inserta en medio de un universo digital. Cfr. “Matrix“ (WACHOWSKY, L. WACHOWSKY, A. 1999, Australia, EE.UU).

La del universo de Margin Call es una máquina montada en clave psicológica y, a ratos, ética. Produce dilemas, emociones, certezas. El artefacto narrativo para visualizarla es el de la especulación financiera a gran escala y su apariencia cinematográfica adquiere la forma de un crash, de una caída ralentizada y reflejada dramáticamente en los sofisticados claroscuros azulinos que predominan a través del relato y en la mímica de los rostros de los protagonistas. En efecto, pues, si de algo se puede hablar después de haber visto esta película, es precisamente de los rostros que la conforman: desde los del elenco mismo hasta aquellos personificados por él. Rostros que sirven para intentar dar vida y forma humana a una máquina especuladora, intentando con ello hacer visible a la bestia negra de las cuitas macro y microeconómicas de la sociedad contemporánea. Sociedad, esta última, de la telecomunicación instantánea, ahíta ella misma de redes sociales virtuales y de interconexión permanente, pero sin un poder real para frenar este feroz impulso especulador instalado en su seno.

Si bien la película ofrece un interesante ejercicio de visualización cinematográfica de una crisis eminentemente económica, recurriendo para ello al contrapunto y paralelo entre la inescrutabilidad del rostro y aquella de los mercados matemáticamente (des)regulados, no llega a ser un verdadero intento de radicalización estético-crítica del universo que se propone evocar. Lo único que arriesga, en este sentido, es el poner en boca de algunos de sus protagonistas un par de reflexiones éticas que, a su vez, son resueltas rápidamente por medio de razonamientos basados en una especie de antropología de sentido común que, por su parte, no ve más que egoísmo y codicia como motivos del comportamiento humano. Es, en este último sentido, una especie de guiño al espectador más conservador y una ratificación del imaginario en boga, con ciertas pretensiones de documento de época 2De hecho, Margin Call recurre a un antecendente real para iniciar su trama: el despido masivo de empleados que tuvo lugar en el banco de inversiones Lehman Brothers en agosto del 2008 como consecuencia de la llamada crisis de los créditos subprime. . Como un intento por reflejar en la pantalla la última crisis económica, Margin Call no consigue una traducción cinematográfica de las posibles dimensiones de dicha crisis. En su lugar, opta por el camino más cómodo al ofrecer un entretenido y logrado relato de suspenso del tipo de una, parafraseando aquí a García Márquez, “Crónica de una Caída Anunciada”.

Y es que si bien, en ocasiones, asistimos al cine para sumergirnos perceptual e imaginativamente en la ficción de una historia, lo hacemos, al mismo tiempo, con el deseo de asomarnos estética y críticamente, de percibir aunque sea fragmentaria y difusamente a través de los ingenios y recursos del cine, aquello que por sus dimensiones se nos escapa en nuestro trato cotidiano con el mundo: y es evidente que las dimensiones de una crisis como la que se propone reflejar Margin Call, se nos escapan diariamente. Por esto último, es decir, por las limitaciones que imponen los tecnicismos con los que nos enfrentamos para comprender siquiera un ápice de esta crisis, el cine sigue siendo un lugar privilegiado para proyectar las mil y una apariencias bajo las cuales se muestra ella, para conjugar la variedad de sus símbolos y para permitirnos tantear sus contornos en la oscuridad de la sala o el salón. En este último sentido, y sin perjuicio de otros posibles, puede ser interesante, y tal vez entretenido, ver una película de ficción.

 

 
Como citar:
Novoa, C. (2012). Margin Call, laFuga, 14. [Fecha de consulta: 2017-10-21] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/margin-call/587