Mi sexualidad es una creación artística

La ficción del posporno

Por Jorge Díaz Fuentes

Biografía + Observaciones +

Jorge Díaz es estudiante de Doctorado en Bioquímica de la Universidad de Chile y activista de la disidencia sexual. Es miembro de CUDS desde el año 2008. Ha escrito textos sobre farmaco-política, teoría y estética feminista participando en ponencias y encuentros de arte y política sexual. Texto leído el día 3 de mayo de 2012 en el taller de fotografía de la Universidad ARCIS, a propósito de la exhibición del documental “mi sexualidad es una creación artística” de Lucía Egaña Rojas.

Director: Lucía Egaña Año: 2011 País: Chile

 
 
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Así, puesto que la inocencia histórica de las mujeres no es una categoría crítica sostenible para el feminismo, deberíamos pensar las imágenes como productoras (potenciales) de contradicciones tanto en los procesos sociales como subjetivos.

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Teresa de Lauretis

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Nuestra complejidad no cabe en la estrechez de un mapa que pondría en un extremo a bollos y a maricas, en el otro a heteros y en el territorio intermedio a bisexuales. No se trata de con quien follamos, es una cuestión de opresión y de alianzas políticas, de identidades estratégicas.

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Itziar Ziga

Ficciones y colectividades

La política estructura experiencias a través de técnicas que producen ficciones donde habitar. Constantemente estas ficciones organizan una transmisión coherente de información, la que gracias a los canales de repetición del consenso cotidiano —esos contextos que nos permiten construir nuestras biografías, nuestras historias— pasan a ser llamadas como “realidad”. Así, las hasta ahora bien estructuradas ficciones de la medicina, la ciencia, la religión o la psicología parecieran equilibrar un orden social que debieran seguir nuestros cuerpos. Pero no todas las ficciones tienen cabida. Algunas de ellas, sobre todo aquellas que cuestionan esa coherencia misma de nuestra actual vida moderna, pasan a ser consideradas como falsedades, blasfemias o terrorismos ya que generalmente atacan el orden de las ficciones ya pactadas de antemano: la diferencia sexual, la inferioridad animal, la familia como soporte, la necesidad de un ente superior, la democracia como sistema político, la heterosexualidad como obligación.

Si la sexualidad es aún un territorio donde interponerse es porque aquellos que han sabido intervenirla críticamente, le han dado un lenguaje que permite desnaturalizarla de su nicho meramente reproductivo y, parafraseando a Michael Foucault en su famoso prólogo a la transgresión de Bataille, podríamos decir que la sexualidad permite abrir la grieta que circunscribe un límite en nosotros a la vez que nos hace delinearnos a nosotros mismos como ese límite.

El feminismo contemporáneo que reflexiona, a diferencia de aquel que construye su “cuarto propio en el estado”1Alejandra Castillo dice: “La vinculación del feminismo y la democracia desde los primeros años de los gobiernos de la Concertación al igual que el dios Jano tendrá dos rostros. Uno de aquellos rostros puede ser descrito con la siguiente frase: “un cuarto propio en el Estado”. Disponible aquí, sabe que la sexualidad nos abre ese territorio de exploración de nosotros mismos y de los otros a través de la representación. Dice que el nudo de cómo aparece una mujer en la pantalla y cómo está fuera de ella es siempre una crítica a sus condiciones de posibilidad más allá de lo meramente técnico, más allá de lo verdadero o real, pues implica desacelerar la tradicional marca sobre sus cuerpos para en algún punto, reorganizarles su supuesta sensibilidad. Así mismo, no es casual que sea la teoría feminista quien ha considerado el audiovisual como un espacio emancipatorio que cuestiona el triunfo de la política de lo genital. Un audiovisual que no tiene la obligación de exhibir simplistamente el dolor de las mujeres por la violencia de los hombres.

El documental Mi sexualidad es una creación artística nos habla del cómo eso que hemos creído dado como natural no es sino siempre producto de una ficción. Lucía Egaña Rojas genera la ficción de la conformación de una colectividad de gente que comparte entre otras cosas un uso terrorista del cuerpo. Un engranaje de planos, dildos, fisting y estéticas drag parecieran mostrarnos un grupo en Barcelona que de la mano del porno- terrorismo y de las definidas prácticas expuestas en el libro Manifiesto contrasexual de Beatriz Preciado, conforman un “nosotros” más amplio. Pero, ¿qué significa habitar un “nosotros” en los espacios de resistencia a la hegemonía sexual imperante? ¿existe ese “nosotros”? ¿rompe la colectividad las tecnologías del “yo” naturalizadas en lo cotidiano? Me parece importante revisar a la luz de este documental, las estrategias de resistencia que operan en la formación de espacios como este.

La feminista Gayatri Chakravorty Spivak se pregunta por el cómo podemos habitar políticamente ese espacio que llamamos colectividad. Expone que las experiencias que podrían traducir esta interrogante están en relación a las políticas amistad pues es muy complejo iniciar un trabajo colectivo sin una red de amigos. De hecho, se ha propuesto que luego de la historia de la sexualidad, deberíamos quizás estudiar la historia de la amistad puesto que en ella se encontrarían respuestas claves a cómo las diferentes formas de relación en el espacio de lo público y lo privado han ido mutando.

Pero aquí un punto de inflexión: Spivak habla también de la fragilidad de la colectividad como una ley de curvatura de lo social, es decir, como una imposibilidad de “acceder al otro directamente y con garantías” (Spivak, p. 41) ya que uno siempre conoce solo en relación a la curva que permite un ojo. No poder acceder al otro parece una premisa tan ampliamente discutida, pero tan poco encarnada, o como dice el colectivo argentino situaciones: nunca suficiente para lograr una imagen. “Es imposible dejar de decir lo difícil que es, desde nosotros, construir hoy una palabra colectiva. Justamente en una época que parece invitar a la “facilidad de palabra”, la laboriosidad –afectiva, intelectual, imaginativa– nunca nos parecía suficiente para que las palabras logren una imagen, alcancen una expresividad a la altura de la complejidad del momento actual, nos conformen en su espesura. Y es justamente esa palabra sin imagen la que nos ha revelado estar hecha de un malestar y una inquietud: las dos materias desde las que aquí pudimos escribir” (Colectivo Situaciones, p. 8).

Si la colectividad tiene su fragilidad en la imposibilidad de acceder completamente al otro me parece que, viendo este trabajo documental podríamos redibujar esas nociones de lo colectivo como una forma de habitar el activismo, siempre en el constante límite de su aniquilamiento. Hay siempre un alto grado de desorganización asociada a un activismo que trabaja en los límites de la política, pues la completa coherencia y cohesión habla siempre más de un proyecto triunfante que de una resistencia a la hegemonía. Desde mi trabajo en el activismo de disidencia sexual he podido experimentar que no existe algo así como un colectivo que aglutine organizadamente las voces desobedientes como si siguieran un solo programa claro. El reseteo y la defragmentación están siempre a la orden del día, atentas a estrategias que pueden ser siempre un error garrafal. La locura de la política clásica es no querer vivir con esa curvatura del otro, con el nudo que nos propone no tener la necesidad de conocerlo completamente de manera lineal. Es con esta premisa que se construye la ficción de la colectividad.

Donde no hay una imagen, hay una palabra

Hablamos de colectividad en la representación. Hablamos de la práctica del posporno: Annie Sprinkle, squirting, noche y feminismo. El posporno es una práctica activista que en este documental se muestra desarrollada en la ciudad de Barcelona: la ciudad de los artistas de paso, de los inmigrantes que buscan una nacionalidad, de la utopía vanguardista. Del lugar donde si te masturbas en público, jamás habrá un ojo familiar mirando pues acá el parentesco deviene en la “manada” rabiosa que no encarna como dice Iztiar Ziga “una feminidad dulce y autocomplaciente, ni mucho menos reivindicamos la feminidad de las chicas buenas. Somos perras malas” (Ziga). Una colectividad que en el documental se construye a través de las tecnologías del testimonio, unas tecnologías que aún confían en una forma de realidad y que está tan presente en las representaciones del audiovisual que pretenden enmascarar la ficción que subyace en los relatos y que como dice Teresa de Lauretis “presume que los receptores son históricamente inocentes y puramente receptivos, como si ellos también existieran en el mundo inmunes a otras prácticas sociales y discurso, pero inmediatamente sensibles a las imágenes, a un cierto poder de la iconosidad, a su efecto de verdad o de realidad” (Lauretis, p. 66)

Llama la atención que la cámara sólo devenga cuerpo en la escena final del documental, una cámara que como tecno-prótesis promueve ese momento del squirting, donde en un acto contrario al porno tradicional, es ahora la mujer quien acaba. Lucía Egaña utiliza encuadres que privilegian el recorte y la desorientación de una cámara que deja ver un registro poroso, irregular, muy cercano a esos mismos registros caseros que permiten patentar un momento que pasa.

Ante la proyección de un activismo que expande los límites del cuerpo y trastoca los órdenes binarios de la representación, Lucía Egaña prefiere mirar distantemente esta pequeña revolución como si fuera un registro familiar del que ella no es parte. Pornografía casera do it yourself pareciera querer decirnos. Precariedad de una mirada documental que como una espigadora recoge fragmentos de entrevistas entrecortadas, registro de intervenciones, reciclajes de discursos de un feminismo pro-sex. Todo esto bajo la mirada de la interferencia. Una interferencia puede provenir directamente de la propia máquina, residencia o colectividad. Una mirada feminista de la interferencia es aquella que sospecha de la propia claridad en los canales de comunicación.

¿Cómo podríamos pensar una localización del posporno?, me parece que una de las invitaciones fundamentales está en la posibilidad de desenmarcarse de ciertos discursos esencialistas de la diferencia sexual para crear ficciones. Porque una ficción no es un sinónimo de algo falso, sino más bien —como vemos en este documental— es la posibilidad de traducir y cambiar la formación de ese “real” cotidiano. Debemos, como activistas, producir ficciones que tensen el estatuto tradicional de nuestras subjetividades, sexualidades y miradas para así elaborar estrategias que se alejen de las victimizaciones, donde la violencia parece un territorio aislado, puro e imposible de intervenir. Debemos producir ficciones que resignifiquen sin respeto, “los territorios (des)naturalizados de los cuerpos desde las localidades sub-desarrollados del Sur donde el peso de la realidad pareciera ser aún el único que predomina con prepotencia las prácticas políticas”2Fragmento de la presentación del Tercer Circuito de Disidencia Sexual “No hay Respeto” Organizado por CUDS.

Bibliografía

COLECTIVO SITUACIONES. Impasse : dilemas políticos del presente, Buenos Aires: Tinta Limón, 2009.

DE LAURETIS, Teresa. Alicia ya no: feminismo, semiótica, cine, Madrid: Ediciones cátedra, 1992.

SPIVAK, Gayatri Chakravorty. Muerte de una disciplina, Santiago: Editorial Palinodia, 2008.

ZIGA, Itziar. Devenir Perra, España: Editorial Melusina, 2009.

 

 
Como citar:
Díaz, J. (2012). Mi sexualidad es una creación artística, laFuga, 14. [Fecha de consulta: 2017-03-24] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/mi-sexualidad-es-una-creacion-artistica/547