Tess

Por Sergio Salinas

Director: Roman Polanski Año: 1979 País: Reino Unido

 
 

El último largometraje de Roman Polanski se aparta, al menos en las apariencias, de ciertos rasgos característicos de su producción anterior. El nombre de Polanski aparece vinculado para el público con un cine dominado por las emociones del terror, la ansiedad y la tensión, sentimientos matizados con frecuencia por cierto sardónico sentido del humor jugado a través de situaciones próximas al absurdo.

Lo importante, sin embargo, en los filmes de este realizador no son tanto estos rasgos externos sino el sentido involucrado en ellos. A través de sus películas Polanski ha configurado una visión del hombre y del mundo centrada en ciertas preocupaciones morales esenciales. Es una visión atormentada, aun angustiosa, que muchos críticos coinciden en describir como pesimista. Polanski prefiere considerarse a sí mismo realista; desprecia cierto falso humanismo simplificador que visualiza al hombre como un ser fundamentalmente ‘bueno’. Para Polanski, como para Hitchcock o para Bergman, la realidad humana fundamental es la del mal omnipresente. Para él, el peor infierno concebible es el que han creado los hombres sobre la tierra.

Aparentemente Tess sería una obra diferente dentro de la obra del artista polaco. Éste no es un film de terror ni de intrigas criminales. Se trata de un drama ambientado en la Inglaterra agraria del siglo pasado. Toda la acción está centrada en la infortunada existencia de una muchacha campesina, Tess (Nastassja Kinski), víctima, a través de sus experiencias sentimentales, de diversas formas de incomprensión e intolerancia. El estilo de Polanski también pareciera experimentar un cambio. Su puesta en escena es aquí reposada, cristalina; las imágenes poseen la bucólica belleza de los paisajes que la cámara registra, apoyada en una factura técnica impecable.

Es en la forma de abordar las relaciones entre los tres personajes que Polanski se aparta radicalmente de las posibles derivaciones melodramáticas a que podía dar lugar el tema. Así como se distancia también de cualquier supuesta complacencia estetizante, vacía de contenido. La manera en que Polanski caracteriza los dos personajes masculinos es magistral. Alec, burgués ennoblecido gracias a la fortuna de su familia, que vegeta en el ocio y la lujuria; Angel, miembro disidente de una familia puritana, que trata de afirmar su propia individualidad por medio del trabajo esforzado, el cultivo del intelecto y la búsqueda del ascetismo.

Es conocido el perfeccionismo con que este cineasta aborda el trabajo de creación fílmico. La reconstrucción cabal de una época, cuidada hasta en los menores detalles, provee el marco de verosimilitud del drama en él inserto. La elegancia, el exquisito gusto de su estilo se despliegan en una narración sin baches, transparente, en cuyo clasicismo se instila sutilmente el espíritu romántico del autor. Este romanticismo nada tiene que ver con la complacencia sentimental ni el cultivo de imágenes ‘bonitas’. Es el vehículo para proponer una reflexión profunda, desgarrada, del comportamiento humano, a través de un compromiso no disimulado con un personaje. Cuando la tragedia se consuma, Polanski sitúa la secuencia final en el escenario alucinante del antiguo templo pagano, en el que se ofrendaban víctimas humanas al sol. Como si se tratara de una reactualización de ritos ancestrales, Tess es cercada cuando duerme sobre un altar de piedra, nueva víctima de una sociedad cuya crueldad se ejerce con tan infalible instinto como el de los remotos antepasados. Polanski pareciera decirnos que el hombre permanece él mismo en su dimensión ética a lo largo de la historia. El sentido último de esta obra maestra es de este modo coherente con el de todos sus filmes. El de una meditación sobre la intolerancia y la maldad.

La Tercera de la Hora, página Cine-Visión. Santiago de Chile, domingo 12 de octubre de 1980.

 

 
Como citar:
Salinas, S. (2013). Tess, laFuga, 15. [Fecha de consulta: 2017-08-18] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/tess/628