Wendy and Lucy

A todas y a ninguna parte

Por Carolina Urrutia N.

Biografía +
Carolina Urrutia es académica e investigadora. Profesor asistente adjunto de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Católica de Chile. Tiene un Magíster en Teoría e Historia del Arte y es candidata a Doctor en Filosofía con mención en Estética de la Universidad de Chile. Es directora de la revista de cine en línea laFuga.cl, autora del libro Un Cine Centrífugo: Ficciones Chilenas 2005 y 2010, y directora de la plataforma web de investigación Ficción y Política en el Cine Chileno (campocontracampo.cl). Ha sido profesora de cursos de historia y teoría del cine en la Universidad de Chile y la Universidad Adolfo Ibáñez y autora de numerosos artículos en diversos libros y revistas.

Director: Kelly Reichardt Año: 2008 País: Estados Unidos

 
 

Trenes. Son lo primero que vemos. Trenes de carga, vagones que se suceden interminablemente, que avanzan lentamente o que simplemente están detenidos. Ahí surge un primer esbozo de lo que viene: una suerte de introducción, de propuesta. Un road movie fallido y pesado, porque el viaje -físico- se hace imposible de efectuar. Esa premisa, de una sutileza pasmosa, reductible a media línea, da paso a una película que es en si misma un viaje. Hacia la extrañeza, hacia el peso, hacia la lentitud, hacia la desvanecencia: de los afectos, de los objetivos, de los espacios. Y es también una mirada compuestas por líneas que devienen en sutiles coordenadas que componen un imaginario social norteamericano, un ‘estado de las cosas’ y de sus estructuras.

Este retrato social apenas esboza un orden. Por eso el cantito/murmullo en off de la protagonista, interpretada por Michelle Williams -desmarcada de cualquier rol que haya realizado anteriormente en un espectro más industrial del cine-, su tarareo como única musicalización en el filme, nos conecta automáticamente con su propia desconexión.

Es un relato que, si bien rechaza el conflicto es también puro conflicto. Los personajes, todos excepto ella, son secundarios y todos nos dicen algo acerca de este ‘estado de las cosas’. No son abstracciones o aproximaciones metafóricas hacia una sociedad tan fácilmente criticable como lo es la norteamericana, sólo son elementos indiciales, referencias, puntos de vista o de fuga.

Wendy va rumbo a Alaska con su perra Lucy. El auto se descompone y queda estancada en un pueblo anónimo. Hay un guardia de seguridad, un gerente del taller mecánico, vagabundos que recolectan latas de bebidas y que canjean por monedas, jóvenes que beben alcohol y mantienen conversaciones absurdas y triviales. Calles vacías con poco comercio, casas viejas y habitantes desconfiados. Hay baños públicos en estaciones de servicio donde Wendy se lava, cambia su ropa interior, una pequeña rutina diaria que nos permite ver piernas blancas, sus rodillas puntiagudas; y a ella una suerte de organización, de estabilidad en un devenir que se le presenta desconocido. Hay una cantidad limitada de dólares que va menguando mientras se anotan los gastos en un cuadernito de viajes. Son los objetos los que van narrando la historia, un régimen indicial que construye tanto el relato como a su protagonista. El cuerpo de Wendy, sus rodillas, su pelo corto, sus cejas, su gravedad. Sobre todo su peso. Es el cuerpo el que se convierte en el relato, el cuerpo el que relata, en su interacción con el paisaje, con los extraños -todos lo son pues ella misma lo es frente al resto-.

Wendy opta por estar sola y esa opción por la individualidad, por la renuncia a su hogar, a su vida previa -no sabemos nada de ella excepto por una llamada telefónica a la familia- a la comodidad de estar establecido en un lugar, en una rutina, en una sociedad conocida que de alguna manera se presenta en forma de utopía. El aislamiento, el viaje, como un ideal abstracto. Aunque claramente todos los problemas de Wendy van en la maleta de su auto y eso ella lo sabe a priori. El viaje no es un antídoto, es más bien un choque con ella misma y sin embargo nada de esto es explícitamente trabajado por Reichard.

Kelly Reichard ya nos había sorprendido el 2005 con Old Joy, con un tono y una geografía particular, similar a ésta, en términos de viaje y de sensación de pérdida. En Old Joy era la historia de dos amigos que iban a pasar un fin de semana en una termas y termina dándose cuenta de la desconexión y abismo que había entre ellos, a pesar de los años de amistad.

Al igual que en Wendy y Lucy los argumentos son muy simples y sin embargo en ambos casos lo que impresiona es aquello que sale a la superficie a pesar de nunca ser tratado desde una perspectiva argumental. Cualquier comentario que surja a nivel narrativo va a ser tratado desde la más cuidad simpleza. Es un cine independiente que se desmarca del ya institucionalizado (Jarmusch, Anderson, Linklater) o de aquel que lleva bordado en los créditos la marca Sundance. Wendy and Lucy es un objeto en sí mismo, dulce, concentrado en un personaje y en sus gestos y en sus actos. Es una película sin urgencias, sin necesidad de transformar el mundo ni de trascender; emerge como un trabajo casi artesanal, es moderno sin ser radical ni vanguardista. Pequeño y melancólico desde su poesía y visualidad.

 

 
Como citar:
Urrutia, C. (2009). Wendy and Lucy, laFuga, 10. [Fecha de consulta: 2017-04-30] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/wendy-and-lucy/386