Whisky

Y llovía, llovía...

Por Carolina Urrutia N.

Biografía +
Carolina Urrutia es académica e investigadora. Profesor asistente adjunto de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Católica de Chile. Tiene un Magíster en Teoría e Historia del Arte y es candidata a Doctor en Filosofía con mención en Estética de la Universidad de Chile. Es directora de la revista de cine en línea laFuga.cl, autora del libro Un Cine Centrífugo: Ficciones Chilenas 2005 y 2010, y directora de la plataforma web de investigación Ficción y Política en el Cine Chileno (campocontracampo.cl). Ha sido profesora de cursos de historia y teoría del cine en la Universidad de Chile y la Universidad Adolfo Ibáñez y autora de numerosos artículos en diversos libros y revistas.
 
 

Fragmentos de la cotidianidad estructurada a modo de repeticiones, pequeños ritos que van conformando una existencia deslavada y triste, en un Montevideo gris recorrido en un auto que tarda en partir cada vez que intenta ser encendido. La estética de “Whisky” tiene un parecido al de la fotografía gigante y trivial que por ahí por el año dos mil invadió museos y galerías: el encuadre al closet de la abuela, la cómoda tapizada de reliquias con un supuesto valor sentimental, las paredes húmedas empapeladas con flores descascaradas. Inmersos en espacios similares viven los personajes de “Whisky”. Jacobo (Andrés Pazos), dueño de una pequeña fábrica de calcetines, y Marta (Mirella Pacual), su empleada de confianza.

Cada mañana Marta espera a su patrón en la puerta de la fábrica, unos minutos después él llega, la saluda sin mirarla, abre la puerta, entran, ella se pone su delantal en una pequeña habitación, encienden las máquinas y así hasta que termina el día, en que ella, invariablemente se despide con un monofónico “hasta mañana, si dios quiere”. Esta rutina, que se podría repetir hasta la muerte, se ve interrumpida por pequeños episodios absurdos que funcionan justamente cuando ocurren más de una vez: los protagonistas parecen asumir esta existencia triste sin cuestionarse otras alternativas. El único momento de escape de Marta ocurre cuando regresa a casa enchufada en su walkman escuchando a Leonardo Favio, ahí se asoma apenas un pasado donde tal vez hubo un novio, una caminata a orillas del mar, o quizá, simplemente, alguien le regaló una rosa.

A propósito del matzeibe de la madre, (el entierro que ocurre un año después de su muerte), el hermano de Jacobo viaja a Montevideo. Herman (Jorge Bolani) no se parece en nada a su hermano, vive en Brasil, donde la fábrica de medias que maneja es exitosa (vende mucho en Chile), está casado y viaja mucho. Jacobo, para esconder su universo gris, su soledad decadente de habitaciones que aún conservan la máquina de oxígeno que mantuvo a la madre con vida, le pide a Marta que vaya a casa y finja ser su mujer.

El hermano llega no sólo a interrumpir la rutinaria realidad, sino que a reacomodarla sin darse cuenta. En esta coexistencia educada, la cinta adquiere ribetes de comedia, un humor negro y mínimo, no es la comedia de equivocaciones que la situación supondría, porque la tensión sexual no entran en esta puesta en escena: la intimidad, la cama que comparte el patrón y la empleada, se congela en manos de personajes desolados y frustrados. La historia se presenta simple, la familia (entre comillas) convive; Herman es encantador y ese atractivo natural parece agredir directamente a Jacobo, que posee la sensibilidad de una estatua.

Hay un enfrentamiento constante y silencioso entre los hermanos. Se entiende que Herman se fue y Jacobo tuvo que cargar con la enfermedad de la madre. También es evidente el éxito de Herman con sus medias, versus las calcetas beige con rombos y pasadas de moda que produce Jacobo desde siempre. Para rematar la incomodidad de Jacobo, Herman, como agradecimiento, los invita a Piriapolis, un balneario uruguayo, en invierno, gris y solitario. Marta se ve seducida por esta supuesta libertad de Herman, un modo de vida que ella no conocía o simplemente había olvidado.

Whisky” conmueve por su puesta en escena, la expresividad de una fotografía donde los objetos y los espacios describen con exactitud a quienes los habitan, como si la soledad concientemente se colara por los rincones para acusar la amargura y la mezquindad. Los directores Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella, logran que una mesa, o una bandeja con pastelillos sean tristes; graficar existencias mediante pequeños gestos que son síntomas de algo mucho más grande. El Uruguay de “Whisky” es atemporal, se quedó inmovilizado en alguna parte de la historia y sus habitantes no se dieron cuenta, siguieron viviendo el mismo día una y otra vez. Pero ya no más.

Título:  Whisky

Director: Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella

País: Uruguay, Argentina, España

Año:  2003

 

 
Como citar:
Urrutia, C. (2005). Whisky, laFuga, 1. [Fecha de consulta: 2017-10-24] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/whisky/193