Introducción
Centro Arte Alameda. 6 pm de un viernes de primavera. 200 personas, de máximo 30 años, en una fila. ¿Será un estreno taquillero de alguna estrella de Hollywood?
Es Stalker (1979), de Andréi Tarkovski. Un viernes por la tarde. Entradas agotadas. ¿Qué cosas está generando el cine que no hemos alcanzado a analizar? En mi mente, esta cantidad de personas jóvenes para una película de este estilo es una sorpresa, es el significado de la trascendencia del cine, del valor cultural del cine, de la importancia de la sala de cine para la masificación cultural.
Si hablamos de cine, hablamos de una herramienta para comprender cómo la cultura es un elemento clave en la conformación de la sociedad. Durante los últimos años, diversas investigaciones de ciencias sociales han permitido mostrar que el tejido social se desarrolla también en base a los elementos culturales de las ciudades, entre los cuales, el cine es el de mayor consumo a niveles generales, según las encuestas de consumo cultural en Chile (MINCAP, 2020;2021).
En este sentido, las distintas formas en que las personas consumen cine es también parte importante de las divisiones sociales en cuánto a cultura se refiere, permitiendo mostrar cómo las distintas cercanías con el arte cinematográfico generan distintas categorías de personas. Es curioso cómo la misma concepción que describe a una persona es, para algunos, un mantra de vida, y para otros, un lugar al que no quieren llegar. El ser cinéfilo, el ente amante de lo cinematográfico es a la vez ángel y demonio, dependiendo de a quién se le pregunte.
Ver una película de Tarkovski, ir al Cine Arte Normandie, fumar cigarros a la entrada del cine –extrañamente– parece demostrar una identidad comunitaria, que se ha masificado gracias a la globalización digital (García Canclini, 2008). Esta conformación de identidades es también un espacio de disputa, diría Bourdieu (1993), en un espacio social dinámico en donde la elección de los individuos genera distinciones que los identifican, generando así adeptos y enemigos.
Las distinciones dentro de la sociedad en base a la cultura son un tema interesante de analizar, más aún cuando esto no significa estratificar consumos, sino más bien interpretar comprensiones sociales que acarrean las identidades culturales. En este caso, la percepción de la cinefilia en los jóvenes puede tener varias interpretaciones, y es interesante mostrar cómo lo que parecía un fanatismo inocente puede también generar incomodidad, asombro o de lleno rechazo.
En los registros de la tesis de posgrado de Camila Vergara (2024)1Quien realizó registros estadísticos de las preferencias que tenían los públicos en el Centro de Cine y Creación (CCC), en la comuna de Santiago un 54% de los encuestados en una sala independiente de Santiago corresponden a jóvenes entre los 18 y los 30 años, dando cuenta de lo relevante que es considerar este público específico. Estos públicos jóvenes tienen además una cercanía mayor con los espacios del cine independiente, los cuales cumplen con distintas características económicas, espaciales y sociales que entregan una experiencia particular que les atrae. (Vergara, 2024).
Para recopilar la información se realizaron dos procesos, en primer lugar, la conformación de un cineclub universitario como “anzuelo” para conectar con los denominados cinéfilos pretenciosos. En segundo lugar, como punto de comparación, se hizo un grupo focal de estudiantes de antropología interesados en el cine, pero no necesariamente apegados al área; se detalla más adelante que, incluso, el aura que envuelve el cine es a la vez un elemento de conexión como de rechazo con el séptimo arte.

Identidades
Como alguna vez lo pensó Clifford Geertz, la cultura es un sistema de significados compartidos, creados y aprendidos por un grupo determinado de personas desde los cuales se identifican y se relacionan con el resto del mundo que les rodea 2Geertz, 1973, p.215, en los que la gente se define en función de su historia, los símbolos que le hacen sentido y sus prácticas particulares. Desde esta idea, podemos comprender que en el campo cultural se viven constantemente procesos de reconocimiento y distinción, que podemos definir como formación de identidades.
La construcción de estas identidades se relaciona con estructuras sociales y discursos compartidos. Por ejemplo, Pierre Bourdieu en 1988 definió esto como el habitus, que lo definía como las estructuras cognitivas, emocionales y sociales que influyen en nuestras decisiones y acciones, que se construyen en la interacción social. Este espacio creado en sociedad genera la distinción entre unos individuos y otros, en los que se ponen en juego los sentimientos de pertenencia, la posición de las personas en el campo social y las prácticas socioculturales; una pugna constante de dominación en la que, según el autor, se pone en juego la identidad de cada uno.
La mayoría de los estudios antropológicos de la identidad les otorgan gran relevancia a los procesos de socialización, desde los cuales se generan procesos de exclusión e incorporación (Barth, 1969), en donde los límites entre un grupo y otro son claros, y permiten la diferencia. Esta concepción clásica de la identidad analiza cómo la distinción es un proceso que se da en el espacio social, desde el cual se diferencia el consumo y se generan interpretaciones distintas de los elementos culturales. En el espacio social dinámico que postulaba Bourdieu, las elecciones de qué consumir y qué no permiten diferenciar a los públicos, sus intereses y la valorización particular que tienen de los bienes culturales.
En este sentido, el cine funciona como instrumento de generación de identidades (Labrador, 2006), por lo que es interesante analizar las distintas formas en que los públicos conforman pequeños grupos que comparten temas de interés y se relacionan de manera específica con el cine y los espacios que genera. La posibilidad que presenta el campo cinematográfico de generar identidades relacionadas a los espacios del cine en la ciudad y los distintos modos de vida de las personas, se vuelve un elemento relevante en la comprensión del cine como elemento cultural. Las distintas comunidades de intérpretes que ven la vida de una manera determinada y, por ende, las expresiones de arte y consumo, muestra que es a través de la reinterpretación de los elementos culturales de una sociedad que los individuos se adaptan a ella (Naharro 2012), tomando decisiones bajo una consciencia personal, dentro de un marco social que nos une y acerca (Güell, Morales, Peters, 2017).
En este ensayo se busca profundizar el impacto y la relevancia de las percepciones individuales sobre los grados de cinefilia en jóvenes. Los resultados obtenidos son específicamente de jóvenes de Santiago y Valparaíso, en relación con su consumo en espacios de relevancia cultural notoria, como Centro Arte Alameda e Insomnia Teatro Condell, respectivamente, que permite que sean casos de estudio relevantes para el área. Considerando este contexto, ¿qué entendemos por una identidad cinéfila en estos casos?
Cinefilia
“Que me gusten mucho las películas, y eso, lo que hemos conversado del buscar, como el sentir esa necesidad de ver algo nuevo, algo más allá de lo que me entrega una plataforma, un canal o algo” (Gonzalo, 22 años, Región Metropolitana).
La relación entre los individuos y la experiencia cinematográfica se conforma de distintas maneras y con distinta intensidad, en relación con los intereses de los públicos, los espacios en los que se involucran y particularmente con su forma de relacionarse con este campo. En este sentido, podemos analizar el concepto de “cinefilia”, que varios autores han utilizado para comprender la forma en que las personas se apropian del mundo que los rodea a través del cine, de manera individual y colectiva. Peirano (2021) define la cinefilia “como una actitud específica hacia lo fílmico” (2021:133), donde la experimentación del material audiovisual se comparte de manera intersubjetiva en las maneras en que se reconfigura el mundo. Los cinéfilos tienen prácticas culturales claras y constantes, y pueden definirse como amantes del cine; “su forma de conectarse con el cine se basa en una relación emocional y una vinculación social con las películas, con experiencias y saberes situados más que con la mera acumulación de conocimientos eruditos” (2021:135).
“Del concepto de ser una persona a la que le gusta el cine, sí, o sea, me gusta, me gusta ver películas, me gusta ir al cine, me gusta descubrir cosas a través del cine, porque creo que es un lenguaje, de pronto, diferente a otras” (Gabriela, 27 años, RM).
Es importante comprender la cinefilia como un concepto que se ha desarrollado a lo largo de los años. La definición clásica, según Behlil (en De Valck, Hagener, 2005, p.113), conectaba el amor por el cine con el celuloide mismo de las películas (el material que las componía) y el hecho de ir a la sala de cine. Esto también significaba compartir la experiencia con otros cinéfilos, con espacios dedicados a la cinefilia como los cineclubs o incluso hablar de cine con expertos en la materia. Pero, a la vez que celebraba el cine, la cinefilia clásica jerarquizaba el consumo, diferenciando a los cinéfilos de un público general, con lo que el consumo de cine y la cinefilia podían sentirse como elitismo cultural, en donde la valorización del arte es selectiva y restringida para algunos (De Valck, Hagener, 2005). En este sentido, el proceso identitario es también un elemento que genera límites en las relaciones sociales, y por ende, conflictos.
La cinefilia moderna, según Ramos (2020), tiene una gran parte de nostalgia del pasado que se relaciona a estos elementos que menciona Behlil y De Valck. En una época en que el cine ha perdido su relevancia social, la definición clásica del concepto no logra abarcar todo el desarrollo que ha tenido la cultura cinematográfica, limitando el análisis de la cinefilia. La concepción moderna, que viene de la mano del surgimiento de los Nuevos Cines, la diversificación de los públicos y la gran variedad de géneros cinematográficos han permitido abrir el concepto de cinefilia a una idea más heterogénea. “La cinefilia es pues por un lado la relación apasionada e individual con el hecho cinematográfico. Pero es también el desarrollo de una comunidad interpretativa capaz de asimilar y potenciar discursos, instituciones, etc.” (Ramos, 2020)
Al ser la cinefilia un proceso de identificación individual que se nutre de lo colectivo es importante comprender los procesos sociales que se asocian al gusto por el cine. Es por esto por lo que resulta llamativa esa fila interminable de “cinéfilos” en el centro de Santiago, en su mayoría respondiendo a una línea identitaria, una especie de grupo común llevado al mismo destino, ¿qué desprende esto realmente?

Percepciones
Como decíamos, las distintas formas en que las identidades sociales y la cinefilia se comprenden generan percepciones variables, en las que las separaciones son notorias y surgen, desde lo teórico, de esta zona de disputa por el reconocimiento. Dentro de mi investigación, se realizó un grupo focal en el curso de Cine y Antropología de la Universidad de Chile, para comparar las apreciaciones de este grupo. Sorprendentemente, sus sensaciones en relación con los cinéfilos era mayoritariamente de desagrado, en una especie de burla al estereotipo construido en la sociedad actual sobre las personas adeptas al cine.
Nos comentan que el “cinéfilo pretencioso”, que frecuenta lugares como el Cine Arte Normandie, El Biógrafo o Insomnia es un ente al que no quieren asemejarse, ¡aun cuando les interesa el cine! La repulsión hacia este símbolo caracterizador es mayor que su curiosidad por cines de vanguardia artística, limitando el acceso cultural en base a prejuicios sociales que caracterizan un espacio, algo que podría resultar familiar, aún más hablando de cultura.
Según este segmento de jóvenes, existe una sensación de que los espacios culturales, como los cines independientes, están usurpados por un tipo determinado de personas, que generan que existan lugares a los que no sea agradable ir, en una especie de demonización del cinéfilo:
“Me ha pasado, que he visto cine francés, mudo… y me ha gustado mucho, pero después no lo quiero ver por lo mismo, porque lo ve este tipo de persona (cinéfilo pretencioso). O cuando fui al Cine Arte Alameda, también fue como, ´que lindo los documentales´, y todo eso, pero… evito esos lugares, aunque no me gustaría evitar esos lugares, porque me gusta mucho y me interesa, pero por esos personajes…” (Hombre, 20 años, RM)
Con este grupo focal pudimos observar que este término de “cinéfilo” es altamente cuestionado a nivel social, y es de hecho, una de las razones por las cuales el interés por el cine no ha logrado expandirse de mayor manera en los públicos jóvenes, según este grupo entrevistado. “Pretenden ser cultas, y tienen una mala reputación por lo mismo. (…) Ese estigma se genera por las personas que aparentan algo y no salen de esa burbuja, no se expanden más allá para mantener su imagen. O sea, he conocido personas que poco más que se les caería el bigote italiano de la cara si es que los pillan viendo una película de Ghibli, porque eso para ellos no es cine, porque el cine es de personas…” (Mujer, 20 años)
En este sentido, se ratifica la forma en que la teoría ha visto estos espacios de disputa social, y también da cuenta de que las definiciones de estos grupos sociales adeptos al cine tienen también elementos teóricos acertados. De aquí en más, sería valioso profundizar en las distintas recepciones que estas definiciones teóricas conllevan.
Por su parte, personas que se reconocen como cinéfilas también conocen este prejuicio que se ha levantado en las comunidades digitales, y a pesar de ello, su interés por el cine es mayor que su posición social ante el resto, manteniendo sus hábitos y, de hecho, postulándose ellos mismos como “cinéfilos”:
“Obviamente si mi mayor pasión es el cine, yo creo que debo ser cinéfilo. La otra cosa, que igual creo que está mucho la visión de que el cinéfilo ve puras cosas como “muy cine”, y creo que eso igual hay que cambiarlo… (Diego, 23 años, RM)
“Y claro, fue un esfuerzo muy consciente. Habré tenido como 14 años, yo creo, quizás fue algo como de querer pertenecer en algo quizás, tema pubertad… (…) Entonces, igual se liga con el cineclub, de querer pertenecer a algo, en un lugar que uno se sienta acogido y tenga confianza” (Diego, 23 años, RM)
Para algunas personas, sus vidas son el cine. Sus intereses siempre giran en base a lo que ven, a lo que escuchan de películas y directores, y a pesar de ser conscientes de esta distinción social que se ha comenzado a masificar, disfrutan la experiencia del cine aun cuando podría repercutir en las etiquetas que se les otorguen en la vida en comunidad. Aquí también encontramos cómo funciona la distinción.
Al ser situaciones relacionadas a la opinión individual, existen también percepciones intermedias en relación con los procesos de cinefilia en jóvenes. A pesar de que la mayoría de los participantes de este grupo de control estaba de acuerdo con la visión negativa de los cinéfilos, si surgieron perspectivas que problematizaban la situación, generando una especie de “crítica de la crítica”, cuestionando el rechazo de lo diferente.
“Me parece terrible que se caricaturice tanto esta imagen del sujeto pretencioso, porque siento que a mí también me arruina la experiencia. No sé, el estar acá, conversando de cine, me hace sentir un tipo de vergüenza por mí misma. (…) Porque ya no quieres ser como ese tipo de persona, porque es pretencioso. Entonces, después quieres irte al otro extremo, pero, no sé. Creo que eso pasa, en verdad, con muchas cosas de nuestra sociedad, que ponemos un personaje y después se arruina eso.” (Mujer, 23 años, RM)
De todas maneras, testimonios como estos se condicen también con la perspectiva del público que se autodenomina cinéfilo, en donde las etiquetas juegan un rol importante en la denominación de los individuos. Las personas como los autodenominados cinéfilos creen que existe un prejuicio asociado a esta idea, lo cual no los aleja, pero sí limita la expresión de sus identidades en contextos sociales en los que no necesariamente se frecuenta el cine. En este sentido, los procesos teóricos de distinción entran en conflicto con la realidad del desarrollo social, en el que el rechazo, la burla y la caricaturización restringen la expresión de las identidades individuales, generando por ejemplo que las identidades relacionadas a expresiones artístico-culturales se vean cuestionadas por “superioridad moral” o “pretensión”:
“Y estaba pensando justo en esto de asociarlo como a lo pretencioso, como que por ver películas se cree superior al resto… o sea, siempre hay ese tipo de gente, para todas las cosas. Pero, también he pensado que hay una cuestión cultural de ahora (…) como un cierto desprecio por la apreciación artística.” (Gabriela, 27 años, RM)
Existe un mutuo acuerdo entre la existencia de este tipo particular de cinéfilo, que ha generado este prejuicio generalizado en cuanto a la apreciación de películas y la cercanía con espacios como los cines independientes. Pero, de todas maneras, estos prejuicios son simplemente caricaturas que no impiden a los cinéfilos desarrollar su identidad en estos espacios sociales. La formación de identidades relacionadas al cine y vinculadas con los espacios de las salas de cine entregan un amplio abanico de posibilidades, en el que los públicos pueden encontrar su espacio y generar lazos en relación con la cultura, “al final cada uno tiene su forma de ser cinéfilo” (Diego, 23 años, RM).
Al fin y al cabo, al menos en Santiago, tengo la sensación de que no es tan crucificante una etiqueta de este estilo, en donde se pone en valor el interés cultural y cinematográfico de los individuos. Espacios como un campus universitario tienen también una alta participación cultural –o al menos posibilidades de ello– que permite que las diferencias sean también espacios en donde se puede encontrar personas con gustos afines, en donde las percepciones sean también el punto de partida para interacciones sociales.
Tal vez suena demasiado crítico el punto de partida de este ensayo acerca de los prejuicios asociados a la cinefilia, pero a mi parecer, en ciudades con tantas posibilidades culturales y de diferenciación el interés por el cine puede ser una etiqueta, mas no necesariamente una cruz que hay que cargar. Sí me parece que existe una tendencia a criticar la apreciación cultural, y resultaría valioso comprender estos puntos de vista con una percepción estadística de cómo sienten los individuos el acceso a la cultura en sus ciudades, relacionando las formas de consumo cultural con las posiciones en la estructura social de los individuos (Peters, Güell, 2022).
Conclusiones
Los resultados del proyecto buscaban entender el valor cultural que tenía ver una sala de cine llena de jóvenes, pero, caí en cuenta de que existen muchísimas capas al estudiar el cine y el impacto que tiene en los públicos; más aún, entender las diferencias que puede generar el cine en la construcción de identidades se convierte en un elemento de relevancia social valiosísimo. Es genuinamente interesante ver cómo los gustos pueden generar separaciones entre individuos que responden a un perfil muy similar, en este caso, estudiantes de la Universidad de Chile, del campus Juan Gómez Millas, que conocen salas de cine independientes de Santiago.
Los procesos de identidad, y particularmente los procesos de conformación identitaria cinéfila se ven altamente influenciados por la masificación de los medios digitales, tanto para el consumo de cine como también para la conversación en torno a qué entendemos por cinéfilo. Las distintas formas en que los “cinéfilos pretenciosos” se ven como influencia para hacer o no hacer ciertas cosas resulta llamativo para profundizar en futuras investigaciones, y abrir el espacio al debate sobre qué cosas estamos dispuestos a permitir en nuestras sociedades actuales.
Sería interesante profundizar más en las diversas percepciones posibles que se tiene sobre la cinefilia, para ellos sería importante también comprender la forma en que las redes sociales han proporcionado estereotipos en base a sus consumos culturales, algo que podría asemejarse quizás a las diferenciaciones sociales del siglo XX en relación con el consumo de alta cultura o espectáculos alternativos como el circo, áreas en las que Peters y Güell (2022) por ejemplo ya han comenzado a teorizar, generando un conocimiento más profundo de los consumos culturales con un enfoque sociológico.
En cuanto al alcance, una combinación entre instrumentos cuantitativos y cualitativos sería fácil de realizar y brindaría un horizonte enriquecido de las percepciones varias de un grupo etario, de género o incluso de un público fidelizado de una sala independiente. La realización de este escrito es también poner en debate la necesidad de conocer a los públicos del audiovisual, en especial los públicos jóvenes, que vienen siendo los que mayor porcentaje de consumo cultural vienen mostrando en las encuestas del Ministerio de Cultura. La aplicación particular de investigaciones como esta podría enriquecer la relación entre salas y públicos, permitiendo mejorar de manera paulatina los servicios que entregan las salas independientes y potenciar su alcance como espacios culturales.
Es importante para el área de estudios comprender de maneras particulares las expresiones de la identidad cinéfila, junto con sus repercusiones tanto a nivel individual como colectivo. En este ensayo se propone un pequeño punto de partida que nos permite visualizar que la comprensión de la cinefilia no debe quedarse solamente en la definición teórica, sino más bien comprender sus repercusiones sociales y profundizar en las formas que estas percepciones puedan utilizarse también para mejorar la línea de consumo cultural en Chile.
Referencias
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