La fuente

A contracorriente

Por Ismael Morales

Biografía +

Director audiovisual UC. Actualmente forma parte del grupo de investigación Figuraciones del capitaloceno en el cine hispanoamericano (Fondecyt Regular). 


Director: Daniel Vivanco Año: 2025 País: Chile

 
 

La Fuente es el tercer largometraje dirigido por Daniel Vivanco y llega casi diez años después de su última película, El mal trato. En esta nueva entrega, retoma de manera libre la historia real del empresario Carlos Simi, dueño de la ex Fuente Alemana, situando el relato en los días posteriores al levantamiento de las restricciones sanitarias por el Covid-19, cuando las manifestaciones asociadas al estallido social vuelven a ocupar las calles de Santiago. Desde ahí la película se propone abordar un punto de vista que, en palabras de su director, no ha tenido hasta ahora representación: el de un chileno de a pie, un empresario, que ve cómo el trabajo de toda una vida está al borde del colapso debido a la violencia.

El protagonista es Luca Barella, personaje inspirado en Carlos Simi e interpretado por Luis Gnecco. Hombre de familia, empresario forjado en la cultura del esfuerzo y dueño de un restaurante emblemático del centro de la capital, comienza a ver cómo su vida se desmorona lentamente. No solo observa el progresivo vaciamiento de su local y la amenaza de una quiebra inminente, sino que además, todo su entorno parece ir en contra de él. A la presión constante de los manifestantes que rondan el restaurante y amenazan con incendiarlo, se suman unas autoridades municipales indiferentes, un Estado que no responde a sus llamados, una familia que parece incapaz de comprender el peso de su carga y, finalmente, su propio cuerpo, que en el peor momento empieza a manifestar una enfermedad cardíaca.

A ratos, la película incorpora registros documentales capturados por Carlos Simi y el propio director, recurso que de alguna manera permite anclar el relato en algo reconocible, acercándose a una experiencia concreta de la ciudad y del conflicto, un gesto que viene a recordar que las manifestaciones en el centro de Santiago fueron un hecho real. “¿No hay nadie que pueda hacer algo?”, se pregunta Luca al conversar con un carabinero antidisturbios que no sabe darle respuesta. Al parecer, Luca está solo contra el mundo y deberá enfrentar una batalla tras otra si quiere proteger aquello que tanto le ha costado. La película insiste en esa sensación de abandono, de falta de sentido común, donde las instituciones no logran responder y el conflicto se experimenta desde una escala individual.

Su contrapunto es Mirko, el coordinador de la primera línea interpretado por Roberto Farías, quien resulta ser un personaje extrañamente unidimensional, que sirve como catalizador para que Luca exponga su filosofía de vida. Así, por un lado Mirko representa la desesperanza, la violencia, la rabia ante el sistema, “izquierda, derecha, unidas; jamás serán vencidas”, asegura. Mientras tanto, agonizante, Luca se toma el tiempo para preguntar por el honor y la dignidad, para asegurar que no tiene miedo y que sus valores representan la convicción de que construir algo es lo más importante, aunque tengas todo en contra. De manera un tanto obvia, este intercambio parece dejar en claro la visión del director respecto al conflicto.

Con un casting cargado de rostros conocidos, la construcción de los personajes fluctúa de manera dispar. El protagonista se construye como un hombre con matices, complejo, que se equivoca y con el que de alguna forma es posible empatizar mientras su salud física y mental se deterioran de manera progresiva. Al otro extremo tenemos a personajes como el antes mencionado Mirko, o Andrea, la hija de Luca; vegetariana, feminista, lectora de El género en disputa; estudiante de música, consumidora de marihuana, que tiene un romance con su profesor y que vive una vida de privilegio a costa del trabajo de sus padres. De esta forma, se construye más bien como un conjunto de rasgos asociados al progresismo, que como un personaje plenamente desarrollado.

Valeria, la esposa de Luca, ofrece un contrapunto más interesante. Funcionaria de un ministerio no especificado, mantiene una relación con un compañero de trabajo representado de manera bastante esquemática, un galán un tanto estereotípico por el que es fácil sentir repulsión. Sin embargo, su vínculo con Luca se construye desde una ambivalencia que la vuelve menos predecible, se distancia de él, pero al mismo tiempo mantiene una preocupación genuina por su estado de salud. Tensión que otorga mayor espesor al desarrollo dramático y que no la convierte solo en un accesorio para el desarrollo del protagonista.

Parte importante del posicionamiento de la película está también fuera de la pantalla. Desde su campaña mediática, el proyecto ha insistido en presentarse como una mirada poco habitual dentro del cine chileno, tanto por su enfoque narrativo como por su modelo de producción, afirmando además que es posible hacer buen cine al margen del financiamiento estatal, algo sin duda cierto, pero que en este caso quedará a conciencia del espectador. La decisión de prescindir de fondos públicos y optar por financistas privados y donaciones, parece alinearse con el espíritu que la película construye en su protagonista, uno que va contra viento y marea para lograr su cometido, que no tiene miedo a dar la cara, que cree en la libertad de expresión y que defiende la idea de sostener una convicción propia incluso en condiciones adversas.

Ese mismo gesto se extiende al casting. Luis Gnecco y Roberto Farías -ambos “víctimas” de la cultura de la cancelación-, vuelven a la pantalla grande, y no con cualquier película, sino con una que asegura ir en contra del discurso tradicional del medio artístico chileno. En ese contexto, la frase del maestro japonés de artes marciales que visita La Fuente, “no se puede confiar en alguien que no haya cometido un error”, adquiere una resonancia que podría exceder lo narrativo, funcionando como un eco entre el relato, el punto de vista y el lugar que ocupan sus intérpretes.

En ese sentido, La Fuente termina por configurarse como una película hecha a contracorriente, tanto en su punto de vista como en sus condiciones de producción y en las figuras que convoca. Una coherencia que se sostiene a lo largo del proyecto y que le ha valido un reconocimiento mediático que probablemente sobrepasa sus propios méritos cinematográficos.

 

 

 

 

 
Como citar:
Morales, I. (2026). La fuente, laFuga, 29. [Fecha de consulta: 2026-06-08] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/la-fuente/1274