Suena una cumbia solitaria en medio de calles abandonadas. De vez en cuando aparecen algunos mineros en la plaza, esperando a las camionetas que suben a buscarlos para llevarlos al trabajo. Hay niños jugando a la pelota en una cancha de tierra que tiene un acantilado, si se cae la pelota, se pierde en el desierto. Este es el pueblo de Inca de Oro, un pequeño oasis en Atacama en donde actualmente viven menos de 900 personas. Este es el hogar del Teatro de las estrellas, un antiguo galpón que funcionaba como cine entre fines de 1930 e inicios de la década de los setenta, cuyo techo de calamina lleno de hoyos permitía que las personas pudieran ver las películas y las estrellas al mismo tiempo.1Foto de portada. Fotografía tomada por Rodrigo Vergara. Teatro Windsor en Chañaral, 2026
La Región de Atacama está llena de pequeños pueblos mineros, localidades que tienden a desaparecer o a achicarse en relación a cómo se da el trabajo en la región, cargados de una población flotante que va y viene constantemente. Pero en algún momento esta población habitó las localidades de manera vívida, el auge minero y las condiciones laborales propiciaban que los dueños de las empresas crearan estos pueblos en donde nada faltaba, para que la gente no tuviera que salir de ahí. Sin embargo, no solo eran servicios básicos los que se otorgaban en aquellos pueblos en medio del desierto, sino que el entretenimiento era parte de la vida diaria también. Conocidos comúnmente como teatros, pese a que su uso principal era para proyectar películas, estos lugares predominaban dentro de Atacama. Los pueblos más pequeños tenían un cine que usualmente se ubicaba en el centro como fue el caso de Potrerillos, Inca de Oro y El Salvador; mientras que en localidades más grandes como Copiapó llegaron a haber cuatro cines funcionando de manera simultánea, o en Chañaral, Caldera y Vallenar que también tenían al menos dos cines funcionando al mismo tiempo.2Información recopilada a través de mesas de conversación y entrevistas con habitantes de las localidades mencionadas, quienes tuvieron algún vínculo con los cines o los visitaron como espectadores. La investigación se realizó durante 2025
Al ser alguien que creció en la región, descubrir la existencia de tantos cines en la zona fue algo sorprendente. Alcancé a conocer uno de los cines antiguos de Copiapó, el Cine Alhambra, ubicado en el centro de la ciudad. Recuerdo que las películas se cortaban y había que esperar a que las arreglaran, también, pese al calor de la ciudad, en el cine hacía mucho frío en invierno y había que ir con parka para poder aguantar la temperatura durante la función. Abajo vendían completos, había una schopería al lado y mis papás, que eran amigos del guardia, entraban de noche al cine a pequeñas fiestas clandestinas cuando eran adolescentes. Contradictoriamente, en la cabina de proyección ocurría todo lo contrario: al proyeccionista de este cine le denominaron el “Chico Oro”, quien soportaba el sol abrasador que entraba directo en la cabina, tanto que decían que se estaba quemando poco a poco, que de tanto sudar un día iba a desaparecer. No eran los cines que estaban en mejor estado, pero aún así el recuerdo y anhelo por estos espacios es algo que perdura en quienes los conocieron y pudieron descubrir alguna historia a través de sus pantallas y pasillos.
Ismael ‘Chico Oro’ Oros Cortés, proyeccionista del Cine Alhambra de Copiapó. Parte de su archivo personal.
Es a partir de este tipo de anécdotas y recuerdos que surge la necesidad de buscar más información al respecto de estos cines. Un antecedente importante es que no hay registros oficiales sobre los cines de Atacama, escasa información se desprende a través de periódicos que dan cuenta de algunas de las carteleras, pero más allá de pequeñas pinceladas, se trata de una historia perdida. Es así que nos propusimos realizar esta investigación que tuvo como protagonistas el testimonio oral de quienes los conocieron, o de hijas e hijos de quienes trabajaron en ellos, proponiendo un recorrido por la memoria de los cines de Atacama. En esta primera parte, nos detenemos en algunos cines de Potrerillos, Caldera, Diego de Almagro, y Chañaral: fragmentos dispersos de una historia mayor, donde el cine fue, por un tiempo, uno de los lugares más importantes de la vida en el desierto.
De odiseas espaciales al lejano Oeste: El cine Andes de Potrerillos
Potrerillos fue un campamento minero fundado por la Andes Copper Mining Company, una empresa estadounidense que estaba a cargo de la explotación de una mina de cobre cercana. La localidad fue habitada, aproximadamente, entre 1918 y fines de los noventa, convirtiéndose en uno de los principales pueblos mineros de la región; se trataba de una zona de difícil acceso, cercano a la cordillera en la provincia de Chañaral. Actualmente el lugar se encuentra en un abandono total luego de que la zona se declaró no apta para la vivienda debido a la contaminación de las mineras. Sin embargo, sus antiguos habitantes recuerdan con mucho cariño este lugar, diciendo que vivían en una burbuja y mucho mejor que cuando después tuvieron que irse a lugares como Copiapó o Diego de Almagro, puesto que en Potrerillos todas sus necesidades estaban cubiertas, particularmente la vivienda.3Los habitantes de Potrerillos se componían de trabajadores de la minera y sus familias. Desde el año 2000 que ya no vive nadie en aquel lugar, sin embargo, sus ex habitantes aún mantienen el contacto entre sí y participan de agrupaciones que recuerdan la vida en Potrerillos. Se realizó una mesa de conversación con ellos en Copiapó, durante julio del 2025
Desde los inicios de Potrerillos, el cine estuvo presente. Un empresario, Alfredo Aguirre, trajo un cinematógrafo que instaló en una carpa en medio del pueblo en 1919, a apenas un año de que se comenzó a poblar el lugar; algo totalmente inesperado si pensamos que geográficamente nos encontrábamos en un lugar a mucha altura y en medio del desierto, pero que aún así se las arreglaba para tener exhibiciones cinematográficas. Eventualmente, una vez que la producción de la minera aumentó y se estabilizó, trayendo consigo la época de bonanza en la zona, en 1929 el mismo empresario es quien crea El gran cine teatro Potrerillos, ya con una arquitectura mucho más estable, realizando funciones de manera periódica. Este establecimiento funcionó hasta fines de la década de los cuarenta, época por la cual sufrió un incendio y que eventualmente, tras la muerte de su dueño, terminó por llevar a su declive y cierre. Un par de años después del cierre de aquel cine es que la Andes Copper Mining Company decide comprar el recinto y eventualmente reutilizar el espacio, estableciendo el que sería el cine más recordado de Potrerillos. 4Información recopilada del testimonio de Pedro Serazzi, escritor y periodista de Atacama, en una entrevista realizada durante julio del 2025
El 18 de septiembre de 1957 se inaugura el Teatro Andes, establecimiento que comenzó a funcionar como cine, teatro y sede de espectáculos musicales, pero que también era hogar de los actos escolares, licenciaturas de los estudiantes de Potrerillos, así como de otras actividades cotidianas de sus habitantes, como celebraciones del día de la madre o pequeños festivales y carnavales. Es por esto que quienes lo conocieron y habitaron lo recuerdan con tanto cariño. En aquel escenario, en aquellas pantallas, no veían tan sólo historias fantásticas, actores o grandes producciones, sino que desde un principio fueron capaces de reconocerse como parte del espacio, parte del espectáculo y hacer del acto de ir al cine algo intrínseco a su vida diaria.
Inauguración del Teatro Andres, 18 de septiembre de 1957. Archivo obtenido del diario “El Andino” de Potrerillos, digitalizado y recopilado por René Cerda.
En términos arquitectónicos, el Teatro Andes era un verdadero lujo. Se trataba de un recinto que estaba ubicado cerca de la entrada de Potrerillos, en medio de algunos barrios residenciales, y a metros del centro de la ciudad. La pendiente en la que estaba ubicado hacía que se viera el cine desde todos los puntos del pueblo. Se trataba de un espacio que constantemente se teñía de atardeceres impresionantes que parecían sacados de una película (aunque vale decir que aquel color anaranjado puede tener mucha relación con el hecho de tener una minera justo al lado, contaminando en cada momento). El teatro tenía dos pisos y los asientos de arriba estaban reservados y restringidos, en un principio, para los gringos o americanos, quienes eran los gerentes y dueños de todo el campamento minero. La gente cree que gracias a la presencia de ellos es que también llegaban con tanta velocidad algunos estrenos norteamericanos a la pantalla del cine, algunos comentando que incluso llegaban a Potrerillos antes de llegar a Santiago. Ya durante la década de los sesenta y con la nacionalización del cobre, los estadounidenses dejaron de vivir ahí y se fueron de la zona, siendo ese el momento en el que el público general, que vale decir eran mayoritariamente trabajadores de las mineras y sus familias, tuvo acceso al segundo piso, sin haber diferencia de precio en la entrada. Es en ese momento en el que aquellas butacas en altura se transformaron en un campo de juego para niños, cuyas travesuras se volvieron famosas al empezar a lanzar cosas hacia los asientos de abajo para molestar al resto del público, pero también esa zona se volvió el lugar perfecto para pololear, motivo por el cual muchas personas reconocen haber frecuentado el cine.
Brenda y Nancy Lira, hermanas que crecieron en Potrerillos, recuerdan cómo se colaban para entrar a las funciones, en principio buscando una puerta que pudiesen abrir a la fuerza desde el exterior y luego escondiéndose del acomodador, corriendo de un lado a otro dentro del cine para no ser atrapadas. Aquella pequeña anécdota muchos otros la comparten a lo largo de la región, el entusiasmo de colarse a una sala de cine pese a no tener dinero, o a ir a escondidas saltándose las clases del colegio para ir a encerrarse todo el día a ver películas. Bajo aquella mítica infantil, recuerdan que la confitería también era un elemento importante, allí vendían chocolates y dulces que no estaban en los otros locales comerciales, por ende la experiencia de ir al cine se convertía en algo mucho más particular. En ese sentido, pareciera ser que todo lo relacionado con ir al cine, hasta lo más mundano, suponía un espectáculo. Jaime Esquivel, quien vivió su adolescencia en Potrerillos, comentaba que uno de sus sueños era ser acomodador, le llamaba la atención el poder irse moviendo con la linterna en la oscuridad e ir guiando a las personas, como si todo se tratara también de un gran juego, en donde la mística de ir al cine no se quedaba tan sólo en ver la película.
Con respecto a la programación, en general las películas seguían la misma línea de lo que se programaba en el resto del país, esto entre las décadas del cincuenta y ochenta. Algunos de los rollos de proyección se traían desde Santiago, y en general se enviaban una copia o dos copias para la región de Atacama, dependiendo de la demanda de la película. Esta copia debía pasarse de comuna en comuna, por lo que las películas duraban una semana, máximo dos en cartelera, especialmente en lugares pequeños como Potrerillos. Las personas recuerdan con cariño las películas ligadas a cantantes como Sandro y Rafael, que causaban furor y llenaban la sala de cine cada vez que eran proyectadas. Las películas mexicanas también eran parte importante de la programación, particularmente las películas de Cantinflas o Pedro Infante, mientras que los western o películas de vaqueros, como les decían, también llenaban la sala “faltaba poco que la gente llegara con pistola y con sombrero”.4 5Testimonios de Brenda Lira, Nancy Lira y Jaime Esquivel, ex habitantes de Potrerillos quienes vivieron ahí durante su infancia Una situación que se repetía mucho era ver a los niños después en las calles del pueblo imitando las escenas de lo que veían en el cine. Muchos recuerdan las matinés en donde daban películas de animación, principalmente de Disney, como Bambi (1942) o Blancanieves (1937). Pero una de las funciones más icónicas y que se repite en el relato de varias personas fue haber visto Star Wars (1977), marcando un hito para muchos “… yo cuando me senté y empezaron las letras yo sabía que iba a estar presente de algo tremendamente grande porque nunca había visto ese efecto, cuando empieza a narrar la historia de por qué se había llegado a esa situación en la galaxia. Para mí fue icónico nunca se me ha olvidado”.6Testimonio de Joaquín Páez, ex habitante de Potrerillos quien vivió ahí durante su infancia
Grupo de niños en el aniversario del Teatro Andres, 19 de septiembre de 1958. Archivo obtenido del diario El Andino de Potrerillos, digitalizado y recopilado por René Cerda
El cierre del cine vino de la mano con la expulsión y desalojo de los habitantes de Potrerillos. En este sentido llama la atención que el declive del cine no haya sido necesariamente por la llegada de la televisión u otros factores, sino que estuvo ligado a la desaparición del pueblo que ocurrió en 1998. Puede que aquel cariño y rutina de ir al cine tenga derecha relación con el hecho de que Potrerillos se trataba de una zona de difícil acceso y algo aislada del resto de las ciudades de la región, pero creo que eso no quita que las personas hayan desarrollado un vínculo especial con el acto de ir al cine.
El cine también puede ser un hogar: Teatro Condell y Dixcine de Caldera
Un proyector de 35mm abandonado y con piezas faltantes, algunas latas de películas vacías, viejos posters de películas setenteras, son los únicos vestigios que conservan las hermanas Vásquez de lo que alguna vez fue el cine administrado por su familia en la ciudad de Caldera. Actualmente no hay ningún cine habilitado en aquel lugar, y donde alguna vez hubo un cine ahora se trata de un mercado de alimentos frente a la plaza de la ciudad.
Alejandra y Rebeca Vázquez,7Alejandra y Rebeca Vásquez han vivido toda su vida en Caldera; son nietas de quien fue administrador del Teatro Condell de Caldera, espacio que funcionó desde 1930 hasta 1981 aproximadamente. En la casa actual de ellas, aún conservan un proyector de 35mm del cine, además de latas de películas y algunos viejos afiches. La información recopilada se dio a través de entrevistas entre septiembre y octubre del 2025 quienes nacieron a inicios de la década del setenta, alcanzaron a conocer el cine administrado por su abuelo Augusto Vázquez. Las hermanas comentan que el cine se trataba de un negocio familiar, su padre, Danilo, fue el proyeccionista, mientras que el resto de la familia se encargaba de la boletería, confitería y demás. La familia llegó a inicios de la década del cincuenta al puerto de Caldera, fue en 1955 que Augusto se hizo administrador del Teatro Condell, que anteriormente funcionaba principalmente para obras teatrales y espectáculos musicales, pero que desde la administración de los Vásquez se consolidó como una sala de cine, siendo el principal lugar de entretención de la ciudad portuaria.
Para esta familia, el cine no solo era una fuente de trabajo, sino que también era un hogar. Ellos tenían su casa detrás del cine, por lo que siempre estuvieron conectadas a este lugar. Las hermanas cuentan que el cine también fue su patio de juegos, corriendo por las butacas y paseando por todo el lugar, que todos los días veían al menos una película y que prácticamente conocían a todos los espectadores que asistían a las funciones.
Aquella manera de ver el cine como un espacio muy cercano, no se remite solo a la familia que vivía allí, sino que entre los trabajadores y los espectadores también había un conocimiento importante de quiénes eran, cuáles eran sus hábitos, acomodando la experiencia del visionado a su audiencia. Por ejemplo, habían algunas butacas reservadas en todas las funciones, pero no necesariamente era para los sectores más pudientes de la ciudad, sino que se apreciaba a su público cinéfilo. Tal era el caso de Rosario Corbalán quien trabajaba en la Cruz Roja como practicante de partera; asistía a todas las funciones que podía, pero pasaba que de vez en cuando, en medio de una función, tenían que llamarla para ir a cubrir un parto o urgencia médica, así que su asiento estaba estratégicamente ubicado cerca de una de las salidas. También se tenía en cuenta la opinión de las personas a la hora de programar las películas, como ocurrió cuando traían películas con subtítulos (principalmente western italianos), ocasión en que la gente se quejó ya que muchas de las personas no sabían leer. Fue así que se priorizó por películas en español, de las cuales la mayor cantidad de personas pudiesen disfrutar.
En 1981 el cine cambió de dueño, pasando a manos de Freddy Castillo quien cambió el nombre del cine, ahora llamándose DixCine. El cine ya no era solo un espacio de exhibición, sino que también era una pista de patinaje y discotheque por las noches. Dixcine: ex cine y discotheque. Este vuelco da cuenta de cómo el espacio se reinventó para abastecer a un público que ya estaba siendo cada vez más asiduo de la televisión y de los videoclubes. Debido a esta variación de actividades, el cine ya no contaba con butacas, sino que tenían bancas de madera que se podían guardar y dejar a un lado para dejar la pista libre, ya que de domingo a jueves habían proyecciones de cine, pero el viernes y sábado se ocupaba para bailar y patinar.
En el caso de Caldera, las películas se traían principalmente desde Copiapó. En un principio en tren, luego en bus. Una de las anécdotas más recordadas del DixCine tiene que ver con el retraso de una de las películas: Moonwalker (1988) protagonizada por Michael Jackson. Aquel día habían vendido las dos funciones de estreno, la gente estaba expectante e impaciente por la función, pero la película nunca llegó. El bus se había quedado en pana en medio de la carretera, sin tener cómo comunicarse ni avisar de su retraso. La gente se agrupó fuera del cine enojados, algunos comenzaron a gritar contra el dueño y los trabajadores del cine, una especie de linchamiento fuera del recinto. No querían la devolución del dinero de las entradas, la gente quería ver la película a toda costa. Unas horas más tarde de lo acordado, casi a la medianoche, el bus llegó con la película y la gente se agrupó como pudo dentro del cine. Nadie quería perderse la función.
Teatro de Inca de Oro, conocido también como Teatro de las Estrellas. Fotografía tomada por Rodrigo Vergara.
Los ojos del padre: Diego de Almagro y Chañaral
Diego de Almagro, antiguamente conocido como Pueblo Hundido, es una de las localidades más grandes de la provincia de Chañaral, que sirve de conexión para llegar a otras ciudades mineras. Actualmente estos lugares son más zonas de paso, llenas de posadas y hostales que albergan a mineros que pasan la noche mientras suben a trabajar a CODELCO, por lo que es común ver a pocas personas transitar durante el día, lo que no quiere decir que no hayan negocios que aún perduran y mantengan la esencia de lo que alguna vez fue la ciudad.
Al lado de la plaza hay una casa de dos pisos enorme, es azul y tiene una fachada de madera cuyo techo es bastante alto. Aquella arquitectura desentona del resto de las casas, llama la atención pero a su vez pasa desapercibida, es ahora el lugar en donde venden los pasajes de buses que salen en horarios muy específicos, por lo que la boletería solo está abierta un par de horas en la mañana y luego en la noche. Hay un paradero fuera de la casa, es ahí mismo donde pasan los buses, los mineros esperan ahí el transporte, se fuman un cigarro, conversan entre ellos, algunos aprovechan de comer algo. Pero alguna vez aquella casa fue el Teatro Manuel Rodríguez y el hogar de Patricio Reyes, cuyo padre, Eugenio Reyes, pasó de ser proyeccionista a dueño de algunos cines de la provincia, incluyendo el cine de Diego de Almagro.78Información recopilada en una entrevista con Patricio Reyes en agosto del 2025
La familia Reyes llegó en la década de los sesenta a Diego de Almagro, en donde Eugenio, quien era comerciante, pasó de trabajar en el Teatro Manuel Rodríguez, a administrar ese cine y gestionar también cines cercanos en lugares como El Salado, Mina Carmen e Inca de Oro, todos estos pueblos o campamentos mineros que se encontraban a corta distancia entre ellos. Patricio era muy pequeño cuando su familia se ligó al cine, pero ese fue su punto de entrada y la conexión más fuerte que tuvo no solo con aquel mundo, sino que también con su padre. Eugenio falleció cuando Patricio tenía tan solo diez años, por ende lo único que conoció de su padre fue la vinculación con el cine, y a la vez, conoció el cine gracias a su padre.
Patricio recuerda con cariño aquellos días de cine, no solo por haber desarrollado un amor a las películas y haber conocido el trabajo desde dentro, sino que también son sus principales recuerdos junto a su padre. El vivir dentro del cine también fue parte de toda la adrenalina que significa el administrar un negocio. Algo interesante es que aquí las películas se compartían entre los distintos pueblos cercanos. Por lo que parte del trabajo consistía en llevar una película de un lugar a otro, durante el mismo día e incluso durante la misma proyección; por ejemplo, apenas terminaba la mitad de una película, se llevaban aquellos rollos de un cine a otro (habiendo una distancia de unos veinte minutos entre ciudades), luego se volvía por el resto para poder finalizar ambas proyecciones. En ese mismo sentido, como ellos tenían cines más pequeños fuera del circuito de otros empresarios, la familia Reyes a veces manejaba hasta Antofagasta para ir a buscar películas. Traían diez películas para un par de semanas, entre películas infantiles y películas mexicanas. Ahora, habían algunas películas que las denominaban como premios, puesto que eran películas más caras (y que por lo mismo la entrada también debía ser más cara) y aquí surge una figura bastante particular, la del controlador, quien básicamente era una persona enviada por las distribuidoras que se encargaba de que la película no se exhibiera más veces de las ya pactadas. El controlador venía usualmente desde Santiago y sólo en contadas ocasiones para las películas más taquilleras. Patricio recuerda que cuando dieron Los diez mandamientos (1956) había una fila enorme para entrar a ver la película, por lo que tuvieron que llamar desesperados a Santiago para autorizar una segunda pasada, ya que el controlador no podía tomar aquellas decisiones por su propia cuenta.
Tras la muerte de Eugenio, el hermano mayor de Patricio continuó con la administración de los cines, pero los conflictos familiares y los problemas de herencia afectaron la continuidad del establecimiento hasta que eventualmente cerraron. Patricio recuerda que gran parte del material original, incluidos los proyectores y las películas, se vendieron y que no se conservó nada de aquella época.
En Chañaral, hay otra historia que da cuenta de una relación similar con el cine, desde la vinculación de la figura de un padre, cual es es la que tiene Julio Rivera, o como le gusta presentarse “El Sandro chileno”. Su padre, José Rivera, fue proyeccionista del Teatro Windsor, uno de los lugares de exhibición más importantes de la región de Atacama del siglo pasado, cuya estructura aún existe, aunque está en riesgo de derrumbe, en pleno centro de Chañaral, oculto tras el edificio de una compañía de bomberos. Aquella compañía siempre existió en aquel lugar, solo que era más pequeña, es por eso que también se le conocía como el Teatro de los bomberos.
En el caso de la familia Rivera no se trata de un trasfondo de empresarios, sino que de una numerosa familia cuyo padre comenzó siendo ayudante de proyección hasta que el proyeccionista oficial del teatro se enfermó y José tuvo que comenzar a reemplazarlo, esto a inicios de la década de los sesenta. Fue así como José le enseñó a proyectar a varios de sus nueve hijos, quienes se dedicaron también al oficio en otras comunas de la región. Julio alcanzó a aprender algo de aquello pero no se dedicó oficialmente a eso, puesto que era muy joven, pero siempre acompañó a su padre a las funciones, pasando varios días y noches dentro de la cabina de proyección junto a él, particularmente cuando tocaban los simultáneos, que era dar cinco películas de corrido. José no solo fue proyeccionista del teatro, sino que también se hizo cargo de la mantención del lugar. Si había fallas eléctricas ahí iba él, también era quien escribía a mano los carteles que se utilizaban de difusión de la programación.
Julio Rivera en el Teatro Windsor en Chañaral. Fotografía tomada por Rodrigo Vergara.
Julio Rivera es una de las personas más reconocibles de Chañaral, por donde quiera que vaya siempre habrá alguien parando a saludarle, todo esto gracias a su fama de ser uno de los dobles de Sandro. Y fue justamente en el Teatro Windsor, en una proyección hecha por su padre, que Julio conoció a Sandro. El día de la primera proyección de una de las películas de Sandro en Chañaral, los rollos venían con retraso desde El Salvador en bus. Julio fue quien tuvo que ir a buscarlos, recuerda lo pesados que eran y que para esas altura ya la gente estaba impaciente haciendo fila fuera del teatro, una fila que seguía por un par de cuadras. Una vez llegó a la cabina de proyección se dieron cuenta que los rollos no estaban rebobinados, por lo que la gente tuvo que esperar aún más. Ahí fue cuando el padre de Julio, para apaciguar la situación con la gente ya sentada en el teatro, comenzó a colocar música de Sandro, en ese momento se comenzaron a escuchar gritos de emoción. Minutos después apagaron las luces, la película estaba por comenzar: “Y sale Sandro. Por ese palpitar que… Oye, ¿sabes tú qué? Mi papá tuvo que levantar todos los switches de nuevo porque estaba la gente desmayada. Y estaba recién empezando la película. Y yo mirando por el hoyo de la cabina, pura gente desmayada.9Testimonio de Julio Rivera, entrevista realizada durante agosto del 2025 Desde ese momento, Julio comenzó a imitar a Sandro.
El cine como experiencia colectiva, donde las emociones a flor de piel se manifestaban en las proyecciones es algo que se repite en distintos lugares, pero me parece importante relevar aquella experiencia personal de cómo una proyección puede moldear la vida de alguien o las relaciones personales de quienes habitan ese espacio, sea trabajando o de espectadores. Una de las anécdotas más bonitas que Julio contó creo que resume un poco de aquel espíritu. “Yo le canté a mi papá, cuando estaba de moda la canción Mi Viejo. Es un buen tipo, mi viejo. Se la canté en el escenario y me proyectó él mismo haciendo las luces. Había una parte en donde hacían los juegos de luces y las luces estaban para todos lados. Estaba llorando mi viejo. Yo miraba así para allá, tratando de ubicarlo. ¿Y qué? Si estaba llorando. La imagen andaba por allá y por acá.”
Pedro Rivera, padre de Julio, Teatro Windsor en Chañaral.
¿Cómo volver atrás?
De todos los cines que existieron en la región de Atacama, actualmente solo hay uno que sigue medianamente en funcionamiento. El Teatro Inca de El Salvador mantiene su estructura casi intacta, aún se hacen un par de proyecciones al mes, ahora en digital, aunque su uso está más ligado a eventos corporativos o actos oficiales de la municipalidad o de CODELCO. La cantidad de público ha bajado considerablemente, también teniendo en cuenta que desde hace un par de años que no nace gente en aquella ciudad tras haber eliminado el área de maternidad de sus centros médicos, por ende la población en sí ha ido disminuyendo. Sin embargo, en el cine se mantiene el mismo proyeccionista de siempre, don Erasmo Cortés quien tiene 66 años y que desde los doce años trabaja ahí. La cabina de proyección se mantiene un tanto intacta, así como también la oficina de don Erasmo, quien tiene posters de distintas películas que han dado en el cine, así como fotos con actrices y actores que alguna vez visitaron el Teatro Inca. Recuerda cuándo fue que prendió el proyector de 35mm por última vez, una vez instalados los proyectores digitales. Recuerda también las funciones a sala llena en donde se llenaba la sala hasta el segundo piso, las filas para entrar y la emoción de aquellas tardes que inundaron El Salvador. Hoy el segundo piso ya no funciona, hay una especie de museo con objetos de la ciudad en su lugar, tampoco hay un amplío entusiasmo por asistir a las escasas funciones del Teatro Inca, pero aún así don Erasmo se mantiene con la completa disposición de seguir dándole vida a aquel espacio.
Don Erasmo en su cabina de proyección en el Cine Inca de El Salvador. Fotografía tomada por Rodrigo Vergara, El Salvador, 2026.
El resto de los cines han dejado de funcionar por completo. Algunos han desaparecido en su totalidad, como el Cine Alhambra de Copiapó que actualmente es un Mall Chino o el Teatro Condell/DixCine de Caldera que es un supermercado. Algunos conservan su fachada pero se han convertido en otra cosa, como el cine de Diego de Almagro que actualmente es un pequeño terminal de buses. Están aquellos que siguen de pie pero en total abandono, como el Teatro Andes de Potrerillos o el Teatro Windsor de Chañaral que aún parecen estar a la espera de volver a ser habitados y utilizados. Pero, por supuesto, hay cines de los cuales no se tiene ninguna huella, porque tal y como desaparecieron los cines, también hubo muchos campamentos mineros que tampoco dejaron cimientos. Así mismo, quienes alguna vez fueron operadores, trabajaron en la boletería o de acomodadores, también se despliegan en distintos oficios u otras rutas, completamente alejados de los cines. El recuerdo de haber pasado días enteros en aquellos teatros es algo lejano que saben que no volverá. Muchos de quienes alguna vez se consideraron como fiel público de estos cines manifiestan que no van al cine actualmente (en Copiapó hay dos cines comerciales y una sala independiente que funcionan de manera regular), puesto que saben que la experiencia no es la misma, dicen que es algo más frío y se mantienen al margen de la experiencia. Dicen que un factor que les aleja es el económico, que ir al cine actualmente es demasiado caro, entre el valor de las entradas y también del cocaví; otro factor tiene relación con la cartelera que ofrecen estas salas, algunas personas dicen que no les interesan, que las películas son todas iguales, pero también ocurre que tampoco se enteran de películas que quizá son de sus gustos, no están al tanto de lo que están dando. Pero el factor más relevante y aquello que se repite en gran parte de los relatos, es que ya no es la misma experiencia: ir al cine ya no significa encontrarte con todos tus amigos, con tus vecinos, con tu familia, tampoco hay una libertad para hablar en la sala, para jugar, pololear; es aquel factor social y de compañía algo que estas personas añoran, el cine como un espacio de encuentro y no solo como entretenimiento.
Pero la añoranza y nostalgia por aquella experiencia se mantiene viva. En una zona residencial de Copiapó vive don Antonio, un señor que se denomina a sí mismo como peliculero. Él nunca trabajó en ninguno de los cines de la región, pero sí fue un ávido espectador que lamentó mucho el cierre de los mismos. Tal es su afición que terminó comprándose un proyector de 35mm y armándose un cine en una pieza en el patio de su casa. Es un cine pequeño, las butacas son asientos de una micro en mal estado, la habitación está llena de artilugios variados, una especie de bodega, pero en una de esas paredes llenas de cosas, en medio de ladridos y la compañía de los perros de su casa, se enciende el proyector y se crea un nuevo cine. Quizás no todos estos lugares están destinados a desaparecer.
Estreno de E.T (1982) en el Cine Alhambra de Copiapó.
Leal, J. (2026). Los cines del desierto, laFuga, 29. [Fecha de consulta: 2026-05-26] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/los-cines-del-desierto/1283