Tirando el corte

Cine Comunitario y Antropología Audiovisual

Por Pachi Bustos

Biografía + Observaciones +

Priodista y realizadora audiovisual. Máster en Documental Creativo. Directora de los largometrajes documentales Actores Secundarios (2005), Ángeles Negros (2009), Cuentos sobre el Futuro (2012) y Haydee y el Pez Volador (2019). Docente en diversas universidades nacionales desde el año 2005. Actualmente docente y directora académica de la Escuela de Cine y Televisión. Facultad de Comunicación e Imagen, de la Universidad de Chile.


Este texto fue leído en el marco de la presentación del libro, agradecemos a Pachi Bustos por acceder a su publicación. Más información sobre Tirando el corte en https://www.instagram.com/tirandoelcorte/
 
 

Muchas gracias por la invitación a comentar este libro.  Es para mí una invitación muy especial porque me conecta profundamente con mis primeras motivaciones para dedicarme al cine documental y con lo que fue para mí el punto de partida de este camino.

Yo hice mi Tesis de Periodismo el año 1994 justamente sobre diversas experiencias de grupos de video popular y televisión comunitaria. Ahí me enamoré de la posibilidad que ofrecía el lenguaje audiovisual (no lo llamábamos “cine”) para visibilizar personas, historias y temas que no encontraban cabida ni representación en los medios tradicionales.

En ese momento, a partir de 25 grupos en Santiago, constatamos que estas experiencias podían ser una oportunidad para mejorar la calidad de vida de las personas, para reconocerse, para expresar sus inquietudes, para sentirse valorados. Había una comunidad en torno a estos realizadores y sobre todo una enorme voluntad por mejorar la sociedad en la que estábamos viviendo.

Es por eso que leer Tirando el corte ha sido un bello reencuentro con este mundo, el de un cine comunitario vivo, que se ha renovado y que tiene un enorme potencial.  Un “cine comunitario” cuyo alcance presente yo desconocía.

El libro retrata 18 experiencias de Cine Comunitario desde Arica a Chiloé. Se trata de experiencias diversas en muchos sentidos, desde su producción en adelante.  Hay algunas que tienen fuentes de financiamiento independientes y auto gestionadas, y otras que son institucionales, y que cuentan (o han contado) con fondos públicos.

La diversidad también aparece en las metodologías de trabajo, en los formatos audiovisuales que se producen y en las temáticas que todas ellas abordan.

Por todo eso, Tirando el corte, constituye, en primer lugar, una valiosa fuente de información. El libro es de cierta manera una ventana para ver expresiones del cine que no han sido suficientemente valoradas hasta ahora y que resultan desconocidas, incluso para personas que nos dedicamos al cine y las comunicaciones.

Desde sus capítulos iniciales, el libro cuenta el origen de las experiencias, y destaca la motivación de los facilitadores o educadores que acompañan estos procesos de creación del cine, y que participan y gestionan desde los guiones hasta la circulación de las obras audiovisuales que se producen.

Los testimonios de estos protagonistas revelan vocación y compromiso con el trabajo comunitario, y una valoración del cine como herramienta de expresión de niños y jóvenes que no tienen, en general, acceso a los medios de comunicación tradicionales.  Como señalan sus autores, escuchar a los niños y niñas, darles voz, es el motor de muchas experiencias comunitarias.

Los autores y también los gestores de estas experiencias tienen un punto de vista para mirarlas, que es el del derecho a la comunicación, a la sensibilidad y a la democratización de los medios.  El derecho, en el fondo, a manifestarse y a actuar que tienen los ciudadanos, y que es una pulsión que conocemos, que ha “estallado” de muchas maneras, pero que aquí se expresa en la producción audiovisual.

Esta producción también tiene sus propios desafíos, que son representar poblaciones, comunidades, localidades o barrios tradicionalmente excluidos, y a veces estigmatizados o hasta caricaturizados por los medios de comunicación. Hay en estas experiencias formas de representación que no aparecen en los medios y eso es tremendamente valioso.

Pero hay también una forma de entender la sociedad muy clara. A contracorriente de un modelo de sociedad donde parece predominar el individualismo, para los facilitadores, el cine comunitario abre la posibilidad de reconstruir comunidades perdidas, debilitadas o distanciadas.

Esto porque el cine comunitario, si lo miramos desde la perspectiva de las comunidades y de las personas, fomenta el ejercicio de lo común, de las identidades compartidas y las historias colectivas. Emplea, además, metodologías participativas y horizontales, en cuyos procesos los facilitadores se hacen preguntas y nos dejan importantes reflexiones para recoger desde los lugares que nosotros ocupamos en el cine.

Por ejemplo: ¿Cómo vincular el cine con la escuela? ¿Cómo hacer del cine una experiencia más colectiva? ¿Puede ser el cine una herramienta para manifestar desigualdades o injusticias?

Los entrevistados expresan una mirada crítica hacia el cine de industria, el “cine comercial”, al que consideran elitista y jerárquico, y distinguen diferencias esenciales con sus formas producción cinematográfica.

El cine comunitario, dicen, promueve el trabajo colectivo, horizontal y no jerárquico, donde todos los roles son intercambiables. Donde todos pueden hacer de todo en la creación de un film… todos pueden pensarse desde directores o actores… El cine no es para ellos una finalidad, sino que un proceso en el cual surge la creación, fruto del diálogo y del encuentro.

El cine comunitario es otra cosa por eso. Promueve el uso del lenguaje como un juego. Promueven sacar el cine a la calle, compartir, reconocerse, estimular la creatividad, el encuentro y el diálogo.

El cine comunitario que se retrata en este libro no es uniforme: Hay narrativas clásicas, experimentales, y políticas. Hay sobre todo nuevas formas de hacer cine y es una de las cosas más importantes que nos enseña este libro.

Y es que ya lo sabemos, hacer cine puede ser un estimulador de la imaginación.

Puede servir para el reconocimiento de la propia historia o para redescubrir los espacios cotidianos,

También es una manera de estimular en quienes lo realizan el descubrimiento, la curiosidad, el reconocer su barrio, el contar su historia… En tiempos en que se cuestiona la falta y al mismo tiempo la necesidad de la educación, el cine puede ofrecer respuestas a esa carencia.

Este cine comunitario es también un cine que “nace“del territorio. Un cine que “no es turista”, como señala una de las entrevistadas, porque se produce en el mismo territorio y busca que ese territorio se manifieste.

Es la experiencia de AricaDoc, por ejemplo, realizando talleres de creación colectiva para niños y adultos, y acercando el cine a comunidades rurales, urbanas e indígenas de la región de Tarapacá.

O el trabajo que realiza desde hace años el Festival de cine para niños y jóvenes Ojo de pescado, haciendo talleres en la región de Valparaíso, fortaleciendo los vínculos con las escuelas y sus profesores, como bisagras o como un colchón de confianza,  como se señala en el libro,  para que surjan procesos expresivos y creativos.

Porque esta es una de las finalidades que destacan las distintas experiencias de cine comunitario: el Involucrarse y activar una red de agentes locales, y conectar organizaciones a nivel regional.

Por eso la importancia de ocupar el espacio común, vinculando a las personas, no sólo a los niñes y jóvenes, sino que a través de ellos a sus familiares, sus abuelos, cuidadores… un espacio para la transformación de la convivencia, como dice otra entrevistada.

Y es en este espacio común donde las comunidades pueden también dejar huella o testimonio de lo que están viendo, pensando y sintiendo grupos de infancias, jóvenes, mujeres, comunidades disidentes, comunidades indígenas …como la experiencia de la escuela de cine y comunicación mapuche, que cuenta historias locales de acuerdo a su cosmovisión, transformando al cine en fuente de representación de su cultura.

Tirando el corte nos muestra que El cine comunitario es Memoria social del país, de sus preocupaciones y problemáticas.

Es un libro que como escuela y como cineastas nos convoca.  Nos invita a promover y formar más facilitadores o educadores. A ellos y ellas un especial reconocimiento y admiración por su vocación a contribuir a estos trabajos comunitarios, acompañando sus procesos sin imponer la mirada propia. Confiando en el impacto positivo que estos trabajos tienen en las comunidades que los reciben. Porque finalmente se trata de experiencias que cambian vidas. Las de quienes las reciben y las de quienes las dan.

 

 
Como citar:
Bustos, P. (2023). Tirando el corte, laFuga, 27. [Fecha de consulta: 2024-05-29] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/tirando-el-corte/1155